«Un paseo por la tierra austral del Espíritu Santo» «Recuerdos de un chófer que encontró el camino de retorno»
Más de medio centenar de jóvenes de León partieron el pasado día 20 de julio rumbo a Sidney para acompañar y celebrar, junto al Papa Benedicto XVI y medio millón de personas de todo el planeta, la 23.ª Jornada Mundial de la Juventud
Decidí entrar en la tienda en busca de mi anorak, el invierno austral, cual bandido en la noche, te sorprende por la espalda sin previo aviso y en cuestión de segundos, ha sometido todo tu ser. El viento inició una batalla infernal con banderas de medio mundo que, desprotegidas de los últimos rayos de sol, lejos ya de representar a los diversos pueblos de la tierra, comenzaron a ondear más fuerte de lo normal, nerviosas, expectantes, anunciando que algo importante estaba a punto de suceder. Aquel presbítero de ojos potentes, camisa negra y alma de guerrero no había mentido; «os tomaré de entre las naciones, os reuniré de todos los pueblos¿», reflexionaba en una de esas intensas predicaciones que en medio del autocar regalaba diariamente a aquellos jóvenes. Cerca de medio millón de personas se agolpaba en el improvisado hotel cinco estrellas Hipódromo de Randwick, lenguas, rasgos y vidas diferentes, pero un mismo espíritu, precisamente unidas en la Tierra Austral del Espíritu Santo, esperando a que el Santo Padre, Benedicto XVI, inaugurase la Vigésimo Tercera Jornada Mundial de la Juventud. Aunque para mí, todo había comenzado mucho antes... Mi director había tenido a bien concederme quince días para visitar Australia y seguir así los pasos del Vicario de Cristo por la tierra de los canguros y los koalas. Mi objetivo estaba claro: Trataría de resolver un enigma que rondaba en mi cabeza desde que Lorenzo, estimado amigo italiano, me relató el encuentro de jóvenes con el Papa en Colonia (Alemania) hacía justo tres años; qué mueve a tanta gente a dejar casa, parentela, trabajo y un abismo de más de 3.000 euros para escuchar, con tanto entusiasmo, lo que un anciano cargado de misterio tenía que decir de parte de Dios. Así que preparé un viaje con billete de ida y vuelta y poco más, confiado en que mi aventura iría surgiendo capítulo a capítulo, sin proyectarme más allá. Antes de haberme mentalizado para vivir un invierno en pleno julio, de que el agua del lavabo correría hacia el lado contrario de lo habitual y que me esperaban más de treinta horas de avión hasta cruzar al hemisferio sur, me vi recogiendo la tarjeta de embarque de un vuelo que haría escala en Londres, Singapur para arribar finalmente en Sydney. Hasta ese momento no sabía muy bien si echarme atrás, pero dos chicos que se hacían llamar Topper y Muchy terminaron por convencerme. Portaban dos banderas, una de España y cómo; ¿La bandera de León?. En efecto, el destino quiso que un grupo de 46 jóvenes de mi amada tierra se cruzara en mi camino en plena T-4 de Madrid, sí, asistían al encuentro de la juventud con el Papa y sí, mi billete marcaba rumbo a Australia, pero el viaje iba a dar un vuelco inesperado. Cuaderno en mano me senté a charlar con ellos, pertenecían a la parroquia del Mercado y más concretamente al Camino Neocatecumenal, un itinerario de iniciación cristiana con gran arraigo en múltiples países del mundo, amado por Joseph Ratzinger y gran parte de la Iglesia Católica y cuyos estatutos se acaban de aprobar. No tardé en coger confianza con esos jóvenes, quizá ellos fueran la respuesta a mis dudas, así que me apresuré a hablar con los responsables del grupo, un matrimonio, dos sacerdotes y un hombre, para preguntarles si les importaba que les siguiera de cerca durante su estancia en Australia. Aceptaron. Sydney nos recibió nublado, con una fuerte sensación de humedad y apenas doce grados de temperatura. Lo primero que uno percibe de ese recién nacido país, al menos para la historia escrita, es su aire puro, limpio, gracias, entre otras cosas, a sus miles de kilómetros de bosques cerrados. Australia presenta un territorio de contrastes, donde puedes encontrar zonas desérticas, tropicales o zonas de clima templado, así como una fauna y flora endémica. Son numerosas las especies autóctonas que se reparten por todo el país con el único peligro de la acción humana, es por ello que en Australia se han protegido varias de ellas en las últimas épocas, con la creación de distintos planes para la protección de las zonas y de las especies protegidas, humedales así como las selvas que pueblan la naturaleza a lo largo y ancho de sus seis estados y regiones insulares. La mayor parte de la vida, tanto animal como humana, tiene lugar en las costas. Todo está creado a gran escala gracias a su enorme extensión y a que se han preocupado por importar las mejores técnicas de construcción de los países más desarrollados. Así, uno se encuentra con autopistas de tres y cuatro carriles que recorren el país de norte a sur, de este a oeste. Canberra es la capital, pero son Sydney y Melbourne las que se llevan casi todo el protagonismo. Jóvenes y cristianos Mis paisanos e improvisados compañeros de viaje formaban un conjunto extraño en su concepción. Había adolescentes de entre 13 y 16 años, jóvenes, matrimonios, solteros, una curiosa representación de lo que días más tarde encontraría en aquel hipódromo. Otra de las grandes sorpresas que marcaría mi viaje fue descubrir que aún existen jóvenes que se confiesan cristianos, católicos, pero al contrario de lo que yo creía, no eran «bichos raros» con los cerebros bien adoctrinados. Esos chicos y chicas sabían divertirse, cantaban, bailaban, reían y lloraban como los demás, se confesaban pecadores reconociendo sus errores y todo gracias a un secreto escondido en sus corazones, tesoro preciado que habían decidido compartir con los australianos y el resto del mundo. Enseguida me hicieron sentir uno más de ellos, respetando en todo momento mi espacio. Pronto descubrí que aquella gente no había recorrido medio mundo sólo para ver al Papa, ni mucho menos para hacer turismo. Tenían una misión concreta que acometer: Anunciar al mayor número de personas posible que Dios les amaba tal y como eran sin importarle las cosas malas de su vida. Para ello contaban con un plan bien diseñado, pero como ellos mismos señalaban, «sometido a la voluntad de Dios». Su rutina arrancaba a las ocho de la mañana, hora en la que abandonaban el campamento donde nos alojábamos, un conglomerado de pequeñas cabañas perdido en mitad del hermoso paraje de las Montañas Azules, a unas dos horas de Sydney, para dirigirse en autocar a cualquier pueblo o ciudad cercana y anunciar «La Buena Noticia». Antes, rezaban la oración que la iglesia marca realizar por las mañanas, los laudes, donde los responsables del grupo, a los que los jóvenes llamaban «catequistas», y sobre todo los dos curas que les acompañaban, regalaban una predicación animándoles a saber que no estaban solos en su misión. Ataviados con guitarras, bongos, panderetas, un megáfono, la bandera de España y la de León, recorrían las calles y plazas cantando, bailando y gritando en inglés cosas como «Si alguno guarda mi palabra no gustará la muerte» o «Gracias a Yahveh, que nos condujo a la tierra prometida». Reconozco que no comprendía muchos de sus mensajes, pero asombrado advertí cómo los lugareños se paraban a escuchar con enorme respeto y atención lo que decían, como si hubiesen estado esperando toda una vida para conocer ese secreto. A los más despistados les abordaban de dos en dos. Pasadas varias horas regresaban al autobús con caras alegres para visitar, después de una jornada en la mies, los puntos más interesantes de la geografía australiana. Y así día tras día hasta el sábado 20 de julio, fecha en la que por fin se encontrarían con Benedicto XVI para celebrar la vigilia y posterior eucaristía. Comienza la eucaristía Terminé de montar la tienda de campaña que me protegería del frío durante la noche que los peregrinos que acuden a estas jornadas están habituados a pasar en la sede escogida por la Organización para acoger los actos con el Papa. Ríos y ríos de personas llegadas de todos los rincones del planeta iban ocupando el hipódromo en total armonía. Se acercaba el momento, el Santo Padre, tras saludar a los presentes desde su Papa móvil, comenzó los actos litúrgicos. Por fin iba a escuchar de su boca lo que hacía que esa masa etérea dejase sus países sin vacilar, mis preguntas iban a ser contestadas. De entre la cantidad de palabras que les regaló recojo en este diario de a bordo las que me impactaron: «Jóvenes, qué dejaréis a la próxima generación, el Señor os está pidiendo que seáis profetas de esta nueva época. El Espíritu Santo también es el alma de la Iglesia, la luz que ilumina nuestros ojos para ver las maravillas que Dios hace en nosotros. Una nueva generación de cristianos está llamada a construir un mundo en el que la vida sea acogida y respetada, no destruida. Hay más alegría en dar que en recibir, no dudéis de las promesas de Dios. Jesús ama especialmente a los que se han equivocado porque al darse cuenta de su error, se abren más a su mensaje de salvación. Muchos jóvenes no tienen esperanza. ¿Dónde hallaremos respuestas?, en Jesucristo». Mientras escribo estas líneas recuerdo con nostalgia a aquel grupo, sin quererlo se cruzaron en mi camino y sin saberlo, cada uno de sus actos, eucaristías, homilías, peticiones, experiencias¿ era la respuesta viva que fui buscando a Australia. Las palabras del Papa no estaban muertas, imagino que al igual que estos 46 leoneses, el resto de los asistentes también las pondrá en práctica, siendo luz en un mundo de tinieblas. De entre los muchos recuerdos que aún hoy inundan mi cabeza sobre la experiencia en Australia, uno me ha tocado profundamente. Isabel, una de las chicas integrantes del grupo de 46 leoneses que acudió al encuentro con el Papa, me hizo llegar el martes un mail de Bruce White, el chófer que nos acompañó y guió durante nuestra estancia en Sydney. Con el único interés de mostrar un testimonio vivo de lo que esta gente sembró en su peregrinaje, resumo sus palabras. «Saludos desde la soleada Sydney, espero que el viaje de regreso fuera bien. Gracias a ti y a tu grupo por esta semana tan maravillosa que no pudo llegar en mejor momento a mi vida. Te dije que era cristiano pero en realidad hacía meses que no iba a misa, los recuerdos del pasado me hacían daño y estaba perdido. Una de las mañanas, mientras buscaba algo que regalaros, entré en una iglesia y pude rezar y llorar. Sentí la presencia de Dios y le pedí perdón, él ha estado esperándome todos estos años a que volviera a su amor y usó vuestro grupo para mostrarme su camino de retorno. Que Dios os bendiga». En la imagen superior se encuentra Bruce W. junto con varios de los jóvenes en una de las visitas que el chófer se sacó de la manga como muestra del agradecimiento al grupo de leoneses.