Espectáculos en las presas Navegar por la naturaleza El agua, motor para la harina Val mantiene vivo el batán La rueda hidráulica que fabrica cacharros
|||| Además de electricidad, pantanos como los de la cuenca del Esla, Pisuerga o Carrión, regulan el agua para el riego de numerosas fincas agrícolas. Ángel Monje confirma que las presas de Compuerto y Camporredondo, en la cuenca del Carrión, que están bajo su supervisión, han evitado que «algunos pueblos de la vega palentina queden anegados por las crecidas del río». Recuerda que hubo años donde, con el deshielo y las fuertes lluvias, en días concretos, entraban al pantano 325 metros cúbicos por segundo y «se llegó a desembalsar una barbaridad, 125 metros cúbicos». Hasta dos días estuvo sin dormir este técnico de la Confederación Hidrográfica del Duero regulando la salida del agua que, en época normal puede dejar correr desde tres hasta 28 metros cúbicos para mantener el cauce ecológico. La presa de Camporredondo la inauguró, en agosto de 1930, Alfonso XIII, después de 21 años de trabajo, y es una interesante obra de ingeniería levantada con mampostería y hormigón y con planta curva. Quienes la conocen no olvidan la sensación de ver como se desembalsa el agua que cae a más de cuarenta metros de altura, desde un aliviadero horadado en la pared de la hoz de Alba, con la misma belleza que las cascadas del más celebrado río alpino. Sin embargo, en la comarca burgalesa de Las Machorras, bañada por cuatro ríos pasiegos, aún existen familias que carecen de grifo en su vivienda. Para algunos es el testimonio de otra época, para otros una injusticia en el siglo del agua. |||| Otros barcos turísticos adentran al viajero en los cortados más espectaculares que forma el Duero cuando hace frontera con Portugal. Precisamente, Miranda do Douro, contemplada desde el agua, parece el pináculo del mundo. Sorprende y embelesa esta ciudad amurallada en el lado portugués de la arribe, forjada, antaño en el contrabando, y ahora en el comercio y el turismo. El viajero guardará en su memoria esta última imagen antes de atracar en el muelle fluvial construido en la orilla lusa. Seguramente, se le acumularán los recuerdos porque acaba de recorrer en barco uno de esos tramos donde el Duero discurre encajado por altos farallones de granito, que se elevan por encima de los doscientos metros. A un lado, Portugal, al otro, la comarca zamorana de Sayago. En el paseo náutico a bordo de este crucero ambiental, todo el pasaje ha contemplado, casi a la altura de los ojos, nidos de cigüeña negra y de águila real. Ya en Salamanca, desde la playa del Rostro parte otro crucero que llevará al viajero hasta la presa de Aldeadávila de la Ribera, una hora y media de placentero recorrido fluvial, bajo las sabias explicaciones de Elvira Pereña, mientras Manolo, su marido, gobierna la nave. La visión de esta parte de las Arribes estremece. El Duero abre una enorme herida en la penillanura y forma un inmenso cañón de más de trescientos metros de profundidad que españoles y lusos aprovecharon para construir cerca de una decena de presas para uso hidroeléctrico. |||| Precisamente, la harinera Hijos de Javier García del Valle, a los pies del Duero, en San Esteban de Gormaz (Soria), fue antes un antiguo batán, remodelado como molino harinero. Se encuentra a pleno funcionamiento y con buenas expectativas de futuro. Inaugurada en 1921, ya a principios del siglo XX, Isaac García Alonso, el abuelo de los actuales propietarios, se hizo cargo de un molino que producía electricidad en esta pequeña localidad soriana. Con la experiencia adquirida alquiló el molino harinero y lo transformó en una fábrica de harinas. Curiosamente, las más importantes fábricas de harinas de la comarca de Tierra de Campos no se asentaron junto a ningún río, sino que se concentraron a los largo del Canal de Castilla. La de Harinas San Antonio, en la dársena de Medina de Rioseco (Valladolid), cerrada en 1991, se puede visitar después de ser reconvertida en un museo harinero. Esta vía de agua nacida del ingenio de la Ilustración se construyó para el transporte en barcazas con objeto de dar salida al grano que debía embarcarse en los puertos del Cantábrico con destino a América; sin embargo, estas industrias constituyen un fenómeno posterior a la instalación del tendido ferroviario, a partir del siglo XX. Actualmente, además de conducto de riego, la gran obra hidráulica del XVIII, que ideó el ingeniero Carlos Lemaur, bajo la supervisión del marino Antonio de Ulloa, es un interesante atractivo turístico. Un barco recorre un trayecto, de unos diez kilómetros, entre Medina de Rioseco y Tamariz. |||| La actividad y el ajetreo que aún se observa en el Batán de Val de San Lorenzo son reales. Quienes apilan en rincones hasta ocho o nueve mantas con las que entran cargados en este singular museo no pertenecen a una compañía de comedias contratada para simular la labor. Aquellas mujeres que trajinan sus paños en los lavaderos llenos de agua y mueven los decimonónicos artilugios indiferentes a la presencia de los forasteros componen la última generación de artesanos que cumplen un estricto ritual que aprendieron de sus padres. Val de San Lorenzo se encuentra a apenas seis kilómetros de Astorga, la capital maragata. Este remozado batán se asienta a la entrada del pueblo, junto a la ribera de un riachuelo que en verano baja seco, el Turienzo, y donde aún se observan los canales por los que corría el agua necesaria para mover este complejo textil, cuando el río venía crecido. «Hemos mantenido la estructura hidráulica y la usamos sólo en contadas ocasiones, porque es muy espectacular poder contemplar el movimiento de las máquinas gracias a la fuerza del agua, aunque ya en 1920 se colocaron los nuevos batanes que funcionaban con energía eléctrica», advierte el cicerone, Miguel Ángel Cordero. |||| La rueda hidráulica que impulsa el martinete de Navafría (Segovia), además de una escultura útil en movimiento que embellece el paisaje, muestra también la perfecta metáfora del vivir: rodar y rodar sin movernos nunca del sitio. En la sierra segoviana del Guadarrama, a los pies del río Cega, envuelto por un rodal de robles y pinos, el etnógrafo Ignacio Sanz continúa emocionándose cuando recuerda este artilugio medieval en plena actividad: «Te traslada siete siglos atrás y apareces en un espacio de encantamiento con una industria primigenia que es el agua». Sanz también disfrutó de la amistad y de la conversación del último calderero a quien califica como «una especie de héroe legendario, al estilo de Ulises, y no sólo por su envergadura». Hay que imaginar a Victoriano Abán cuando iba a fundir y se colocaba varios pantalones sobre los brazos para preservarse del calor. Durante todo el proceso, realizaba unos movimientos controlados, económicos. «El embrujo del agua y del fuego». Con tan sugerente definición, el etnógrafo segoviano define el ambiente que se respira en este recinto excavado en la roca. «El visitante tiene que dejarse sorprender. Todo el espacio está en penumbra, conviene prestar mucha atención a los sonidos: el agua precipitándose del arca hacia las trompas y el ruido de las levas y del macho contra el granito», declara.