De Fray Luis, de Salinas, del Festival, del órgano, de Juan del Enzina y otras menudencias

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León

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El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada. Salinas, cuando suena la música extremada, por vuestra sabia mano gobernada. Esto escribía Fray Luís de León y nadie piense que traigo aquí a Fray Luis para proporcionarme argumento alguno tomándolo del «León» que, procedente de la familia carnal o de la religiosa, incógnita esta que no sé resolver, lleva consigo su nombre. Tengo causas y razones ciertas e importantes para encabezar estas líneas con la primera de las liras que aparece el la «Oda a Francisco Salinas», una de las composiciones más bellas de nuestro Renacimiento y, me atrevería a decir, de toda la poesía en todos los tiempos dentro de la que es la principal de las lenguas españolas. Tengo razones, ya digo, más reales y ceñidas a la circunstancia para encabezar así este escrito. Con él quiero estar presente en la voluntad de celebración, que este año tiene valor conmemorativo, de la vigésimoquinta edición del Festival Internacional de Órgano, que más favor le hace a la Catedral que la costosa y elevada plataforma instalada para «no ver» las vidrieras, aunque la plataforma, esto sí, sea magnífica a los efectos de echar abajo el equilibrio espacial, es decir, la causa mayor estética que ordena la arquitectura interior del templo. Soy incorregible en mi afición a las divagaciones. Estaba en el por qué de los versos de Fray Luís colocados en lo cimero de estas líneas. Vienen del pasado, ciertamente, pero la memoria puede ser cauda del aleccionamiento benéfico para el presente y hasta el futuro; para un futuro que tendría que estar cercano, ya que estoy aludiendo al órgano. Al órgano necesario y condigno con la jerarquía artística de la propia catedral, y condigno, también y sobre todo, con el esfuerzo continuado y las cumbres de calidad musical alcanzadas por el Festival en estos veinticinco años. Ando a vueltas con el pasado por deseo de enderezar el futuro. Pues sí: ¿o no tiene importancia alguna que hace cuatrocientos cuarenta y cinco años abandonase la prebenda y a alta organería que le ofrecía el Duque de Alba y virrey de Nápoles, el maestro organista ciego Francisco Salinas, el eternizado por Fray Luís y por su propio arte, que se vino a León a vestir de hermosura y luz no usada el aire de nuestra catedral? El aire, decía de la catedral. Y, éste, ¿va a ser un hecho olvidado o menospreciado? No, desde luego, por quienes, durante esos (los traigo aquí por tercera vez con deliberación aunque sin alevosía) veinticinco años del Festival, vienen soñando su música, y soñando también (quizá hasta la pesadilla, y sería muy justo que se les librase de ella), soñando también, vuelvo a decir, con una nueva y prodigiosa máquina terrestre, celeste y habitada por «secretos» que conviene al talento creativo y, dicho se también otra vez, a la serenidad, a la hermosura y a la luz no usada, que deben darse en el espacio de una de las catedrales más bellas entre las que el gótico ha puesto sobre la tierra. No puedo -y permanezco en el mismo asunto y en sus causas y efectos- demostrar que el espíritu de Juan del Enzina esté amenos de un tiro de piedra del ala torre del sudoeste, en los espacios desde hace cuatrocientos ochenta años tuvo su casa, entre jubiloso y preocupado, pensando en el Festival y el órgano; no puedo demostrarlo pero lo creo seriamente. Juan del Enzina, cantor dilecto de tres Papas sucesivos, poeta grande y sutil, compositor de esmeradas y transparentes polifonía, ejerció «de capilla» en la misma y arquitectónicamente milagrosa catedral nuestra y suya, y Juan del Enzina sabía y sabe mucho de todo esto. Anda, ya digo, entre jubiloso y preocupado. Pregúntenle.

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