España se enfrenta al avispero afgano tras ocho años de fallida pacificación
Aumentan las tropas, se multiplican los objetivos, crece la insurgencia y la opinión pública se impacienta por la falta de resultados en una misión de 1.500 efectivos
Los féretros, el pasado jueves, de los guardias civiles muertos en Afganistán.
En sólo tres días, del domingo al miércoles pasado, España comprobó que el día a día en Afganistán está lejos de las edulcoradas y beatíficas imágenes del soldado con niño o del médico con traje de camuflaje que atiende a unos pacientes. No. Los afganos, talibanes o no, también odian a esos occidentales uniformados con una bandera rojigualda en el brazo igual que a los que portan la enseña de las barras y estrellas.
Unos y otros son ocupantes. La misión de paz es un avispero a 6.000 kilómetros de distancia para los 1.500 hombres y mujeres que la componen. Hay días de miel, pero también de hiel para unos soldados que alternan las labores de pacificación y reconstrucción con las operaciones una guerra cada vez menos encubierta.
Hace una semana, se vivió uno de los momentos dulces con la visita a la base de Qala-i-Naw, el centro de operaciones español situado en el oeste de Afganistán, de una veintena de insurgentes que se acogieron al programa paz y reintegración, un proyecto que pretende sacar a los talibanes de la violencia con el cambio de sus armas por dinero. Pero 72 horas después, en ese mismo lugar, un terrorista infiltrado asesinó a sangre fría dos oficiales de la Guardia Civil y a un intérprete durante uno de los cursos a los novatos agentes de la policía afgana. Estos dos sucesos en ese breve espacio son las dos caras de una misma moneda, la que simboliza el frágil equilibrio de la misión.
Nueve años. La operación más «dura, compleja y arriesgada» de todas a cuantas se ha enfrentado las Fuerzas Armadas en el exterior, repite de forma machacona la ministra de Defensa, Carme Chacón, y que va camino de cumplir nueve años entre crecientes interrogantes sobre su futuro. La insurgencia crece en el sur y en la frontera con Pakistán, la estrategia militar es «arriesgada y compleja», admiten los mandos militares, y la opinión pública española es cada vez más escéptica por la falta de resultados.
La misión arrancó en noviembre del 2001 con la intención de estabilizar y reconstruir un país pobre hasta decir basta, atomizado por los señores de la guerra y el régimen talibán. Casi nueve años después, con la pacificación a medio hacer y con fallos reconocidos en la estrategia militar, los 43 países que forman parte de la Isaf -”la operación liderada por la Otan-” han hecho borrón y cuenta nueva para reconducir la situación. Los altibajos en la reconstrucción, la lentitud en la entrega de ayudas, las bajas civiles, los ingentes recursos gastados o la permeabilidad de la corrupción local han pasado factura.
De ahí que en la Conferencia de Londres, celebrada en enero, se acordase un nuevo enfoque integral que combinase más efectivos militares y un paquete de medidas civiles. Se entraba en una nueva fase operativa, la afganización. Una estrategia que marcará el éxito de la misión o su fracaso total. Calendario de salida La afganización consiste en adiestrar y formar a las fuerzas de seguridad locales para transferir lo antes posible el poder a las autoridades afganas. Supone un incremento de soldados, más recursos económicos y más material de defensa para hacer frente a la renovada actividad insurgente. «Vamos más para culminar antes», justificó Chacón cuando solicitó autorización para el envío de más militares. En la actualidad, España cuenta con 1.500 soldados sobre el terreno.