Gobierno y sindicatos se juegan el prestigio
El país amanecerá expectante el miércoles ante la sexta huelga general convocada por motivos socio-laborales desde la reinstauración de la democracia. Los organizadores de la protesta, UGT y CC.OO., afirman por activa y por pasiva que están seguros del éxito de su apuesta. Los miembros del Gobierno, con su presidente a la cabeza, confían en la madurez de la sociedad española y esperan un seguimiento insignificante, similar al de la huelga de empleados públicos del 8 de junio. Pero unos y otros son conscientes de que encima de la mesa hay un órdago de resultados imprevisibles, en el que se juegan parte de su prestigio e influencia para los próximos años.
La huelga general tiene varios precedentes desde la desaparición de la dictadura, pero la del 29-S será la primera protesta de estas características desde que Zapatero llegó a La Moncloa en el 2004. Tras mantener años de verdadero idilio con los líderes sindicales nada hacía presagiar hace meses semejante desenlace. El líder de CC.OO., Ignacio Fernández Toxo, ha activado e impulsado otras movilizaciones anteriores, sin embargo es la primera vez que convoca desde su sillón de máximo responsable del mayor sindicato de España.
La experiencia demuestra que desde que se anuncia la huelga hasta que se desarrolla, Gobierno y organizadores de la protesta mantienen fuertes enfrentamientos con cruce de críticas y acusaciones. A veces el tono de las descalificaciones es tan grave que parece algo más que remoto que sus protagonistas vuelvan a compartir mesa y negociación. En esta ocasión un acuerdo para los servicios mínimos del transporte, a nivel estatal, limará asperezas.
Si los pronósticos del Gabinete se cumplen y la huelga general cuenta con escaso seguimiento, el Gobierno entenderá que la mayoría de la sociedad respalda su actuación.
Para CC.OO. y UGT será un revés de incalculables consecuencias, que dañará su papel institucional, en un momento de horas bajas, en las que si bien la afiliación crece existen corrientes de opinión que atacan no solo a las centrales sino directamente a sus máximos responsables.