Juan Carlos Suárez-Quiñones consejero de fomento y medio ambiente

El juez que tomó parte por la política

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M. C. CACHAFEIRO / álvaro caballero | león
León

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«Suena Juan Carlos», repetían en los mentideros del PP en las últimas semanas para cuadrar la quiniela de consejeros de Hererra con la cuota de León. Como cada vez que había un hueco sonaba «Juan Carlos», como si fuera Míchel cuando cae el primer entrenador de fútbol de la temporada. «Suena Juan Carlos», insistían, ya acostumbrados a la presencia pujante del ex magistrado desde que, el último día de enero de 2012, anunciara el salto desde el sillón de mediático juez decano de los juzgados de León para iniciar una meteórica carrera política: primero subdelegado de Gobierno con mando en plaza, delegado de Gobierno después y, ahora, apenas cuatro meses después de su asentamiento en Valladolid, consejero de Fomento y Medio Ambiente de la Junta.

Pero Juan Carlos Suárez-Quiñones (León, 1961) empezó a sonar mucho antes. Sonaba por las verbenas de los pueblos, en los bailes vermú y en las bodas cuando, a los teclados, formaba parte con su hermana del grupo «Loli y Alborada». Una afición, trabajada escala a escala del piano hasta completar la carrera de música, con la que pulió un gusto por la armonía y la precisión que trasladó a sus estudios de Derecho en la Universidad de León. «Se pasaba el día en la biblioteca y era un alumno brillante», recuerdan sus compañeros. Ni una nota fuera del pentagrama, lo que le permitió licenciarse con suficiencia y acceder en 1987 a la carrera judicial por oposición, tras prepararse con Javier Amoedo, entonces fiscal y en la actualidad Procurador del Común.

Con apenas 26 años, se estrenó como juez en Benavente, donde permaneció hasta 1989, antes de que se le trasladara a Getafe. Allí se tuvo que enfrentar a condiciones adversas durante los dos años de profesión hasta que en 1991, ante la diatriba de coger plaza en Madrid o volver a casa, eligió León para heredar el juzgado de primera instancia e instrucción número 2 de la capital leonesa de manos del magistrado Alberto Álvarez Rodríguez.

No saldría ya de ese juzgado, en el que construyó una imagen pulcra, como sus trajes de corte a medida, de instructor «puntilloso, muy preparado y muy recto que le paraba los pies rápidamente a los que iban de listillos, pero que nunca le pisaba la dignidad a los abogados que andaban por la linde», como recuerda uno de los letrados que se sometió a sus sentencias.

Su trayectoria y la afición por el foco público le hicieron ser nombrado decano de los jueces de León en 2002 hasta que renunció para incorporarse como subdelegado de Gobierno. Diez años en los que logró que Zapatero ampliara los juzgados y puso en marcha como experiencia piloto el sistema de notificación Lexnet, que se trasladaría a toda España pero que a la vez le acarrearía feroces críticas de la abogacía leonesa por los retrasos. Una apuesta que simultaneó con su presencia como miembro de la Sala de gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León entre 2004 y 2009 y con la plaza de profesor asociado de Derecho Penal en la Universidad de León que logró en 1997.

En estos años fue cuando trabó relación con quien sería su llave para entrar en la política. Suárez-Quiñones conoció a la vicepresidenta del Ejecutivo central, Soraya Sáenz de Santamaría, en la etapa que ejerció como Abogada del Estado en León, entre 1996 y 2000. No tenía entonces entre sus «preferencias» la política, como admitía en una entrevista de 2008. Pero la amistad con la número dos del Gobierno le reclamaría en 2012, con el beneplácito de la entonces presidenta del PP leonés, Isabel Carrasco, para que colgara la toga y se adentrase en el camino del servicio público ligado a las siglas populares en León, aunque siempre con visos de algo más.

El aterrizaje de Suárez-Quiñones, padre de dos hijos, se sucedió con la mayor acumulación de protestas ciudadanas de la democracia. Con una manifestación diaria, el magistrado tuvo que templar ánimos sobre todo con las revueltas mineras que cortaron carretera, entre quejas internas de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por la falta de contundencia y críticas ciudadanas por cargas como la que se produjo cuando la guardia civil entró en Ciñera. En esa línea se movió, cada vez más hábil para la fontanería, hasta que tuvo la oportunidad de ser delegado del Gobierno con la salida de Ramiro Ruiz Medrano hace cuatro meses.

Ahora, aún a la puerta de la consejería, compromete «trabajo, esfuerzo e ilusión» para mantener «la buena gestión» que le lega Silván en un departamento en estado «extraordinario».

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Ya «suena Juan Carlos».