Don Felipe, el primer jefe del Estado obligado a convocar elecciones
Ya sí que no hay vuelta de hoja. El rey rubricará hoy, con la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevos comicios, el fracaso del diálogo y la incapacidad de los partidos,’viejos’ y ‘nuevos’, para saber articular y engrasar lo que, según las urnas, es hoy España. El monarca era consciente de que la tarea sería difícil; probablemente uno de sus mayores retos desde que en julio de 2014 asumió la Jefatura del Estado. Su figura ha salido prácticamente indemne del trance, al menos para la mayor parte de la opinión pública, pero estos meses no han estado exentos de problemas.
Felipe VI se topó el pasado 20 de diciembre con una situación inédita. Su padre jamás tuvo un quebradero de cabeza para proponer al Congreso un candidato a la presidencia del Gobierno, como marca la Constitución; las mayorías siempre estuvieron claras. Pero sin un desarrollo legislativo concreto de los preceptos constitucionales, al monarca le ha tocado hacer su propio camino. Ahora, ante el resultado del 26 de junio, todo el mundo sabe lo que esperar de él: una implicación nula en las negociaciones de los partidos, bajo la premisa del «respeto escrupuloso al principio de neutralidad política», y una intervención medida para activar los plazos para la investidura.
¿Podría ser de otra manera? Todo es interpretable. Los padres de la Carta Magna decidieron conceder al rey un papel en el nombramiento del jefe del Ejecutivo. Y fue así, entre otras cosas, porque -como relata el historiador Paul Preston en su libro Juan Carlos, el rey de un pueblo - el propio monarca puso mucho «empeño» en ello. «Creo que tal y como se están desarrollando las cosas voy a tener menos poder que el rey de Suecia, pero si esto sirve para que todos los partidos políticos acepten la forma monárquica del Estado, estoy dispuesto a aceptarlo», se lamentó en aquellos días ante el periodista José Oneto.
Sobre si el rey puede o debe desempeñar una labor de «mediación» activa hay disparidad de opiniones entre los constitucionalistas, pero el caso es que don Felipe ha optado por no meterse en harina y dejar hacer. «Si algo sabíamos desde el primer momento es que este rey no iba a ‘borbonear’», dice como elogio un ex alto cargo en varios gobiernos socialistas.