OPINIÓN César A. de los Ríos
Violencia y paz
Las manifestaciones por la paz van a dejar un recuerdo muy amargo en gran parte de la ciudadanía, sin duda por no haber sido la paz el objetivo dominante en ellas sino otros fines más relacionados con la lucha partidaria y electoral. Por esa razón el signo de las manifestaciones de esta semana pasada ha sido la violencia. ¿Cabe una contradicción mayor, una paradoja más inquietante?. La casuística es enorme, la demostración de los nexos causales es imposible, la generalización no es aceptable... Lo cierto es este mal sabor de boca, esta crispación, este clima de guerra civil que se ha apoderado de la gente, el revival de las dos Españas. El espectáculo de las calles ha revelado el primitivismo de una parte de la sociedad española. Porque si es cierto que también en otros países ha habido manifestaciones acompañadas de violencia, aquí se han dado unas características especialmente preocupantes. Aquí las marchas en contra de la guerra de Irak han sido presididas por las direcciones de partidos, por sus propios secretarios generales (PSOE, IU, CiU, BNG, PNV...) lo cual los ha convertido en actos oficiosos y en prolongaciones de los debates parlamentarios. Este hecho ha determinado que todo aquello que los ha rodeado haya tenido, para bien o para mal, el sello partidario. Pero, sin duda, lo que ha dado un carácter partidario a todas estas acciones ha sido su utilización en el debate parlamentario. Tanto Rodríguez Zapatero como Llamazares se han apoyado en ellas para deslegitimar al Gobierno. Las manifestaciones como sustitución de las urnas, la negación de la legalidad de la guerra por la voluntad de la calle. Con tales valoraciones no es fácil desvincularse de la violencia que ha acompañado a todo el proceso. Por lo que respecta a la radicalidad del movimiento, ésta arrancó de los planteamientos que hizo la oposición en el Parlamento: para IU el compromiso del Gobierno con la intervención bélica en Irak lo convertía en un colectivo de «asesinos»; para el PSOE, el PP pasaba a ser el «partido de la guerra» al que habría que atribuir las posibles muertes de niños, mujeres y ancianos. El extremismo de los juicios y la personalización de la guerra en los políticos del PP iba a desatar lógicamente una oleada de irracionalidad y de furia que convertiría a aquellos y a las sedes de su partido en objetivos directos. Las manifestaciones por la paz han pasado de ser un ejercicio de libertad de expresión a un ejercicio de totalitarismo. Paradójicamente, las tesis del partido del Gobierno han quedado sofocadas por la hegemonía social -incluidas las formas violentas- de la Oposición.