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Mosul se hunde en la anarquía

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León

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El viernes, día de su liberación, Mosul era una ciudad sumida en el caos. Ayer, simplemente, era el mismísimo infierno. Propietarios contra saqueadores, kurdos contra árabes, milicianos iraquíes contra soldados norteamericanos. Un todos contra todos que ha sumido Mosul en un tiroteo constante. Nadie controla la situación. Los heridos de bala y los muertos fluyen sin parar a los hospitales, donde apenas queda nada para atenderlos. Los saqueadores se han llevado todo durante la noche, incluidas las ambulancias. En el hospital Sadam, en la zona kurda de la ciudad, ya cuentan veinte muertos entre los que han llegado cadáveres y los que no han podido salvar en el quirófano. El hospital está lleno de heridos de bala. Sólo los más graves tienen lugar aquí; es la ley de la necesidad. Aquí la gente o bien llega cadáver, en un montón de carne destrozada y sin cabeza, o bien llega muy herida. Se les opera, se les estabiliza y a casa. «No podemos permitirnos tener aquí a la gente durante mucho tiempo, hay que dejar las camas libres», dice el doctor Mohamed. Las camas del hospital están manchadas de sangre de los pacientes que las ocupan y de los anteriores, no hay tiempo para limpiarlas. En una de ellas está Mahmut, un joven que saqueaba medicinas en una mezquita y que fue alcanzado por el fuego de una ametralladora. Tiene un balazo en la pierna y otro en el pecho. Lo han operado y ya parecen que quieran darle el alta. Ha tenido suerte. Ninguna de las balas le ha alcanzado en un órgano vital y ha venido a parar al único hospital que aún tiene medios en la ciudad para curar a los heridos. «Cuando vinieron a saquearlo, la gente del barrio lo defendió y pudimos salvar casi todo», dice el doctor. Al salir vemos un grupo de mujeres que se colocan en la puerta para parar a los saqueadores. Al otro lado de la ciudad, en el barrio árabe, la situación es mucho peor. En el hospital Al Yamouri ya no cuentan a los muertos. Tampoco tienen nada que darles a los pacientes. Todo fue robado por la noche, incluido el quirófano. Y los heridos no paran de llegar porque en los alrededores del edificio hay balazos por doquier. Es territorio de nadie. A unos trescientos metros de allí está el último puesto de los peshmergas kurdos. Si uno quiere seguir adelante, el miliciano de rigor le contesta: «Allá usted amigo, aquello es como en las películas del oeste». A unos treinta metros del hospital las fuerzas especiales norteamericanas intentan asegurar el hospital, pero árabes armados los mantienen a raya. El tiroteo no para ni un segundo. Dos periodistas turcos que se han acercado hasta allí han regresado heridos. A uno de ellos le han volado dos dedos de un balazo. El discurso del mullah es incendiario. Viene a decir que hay que sacar a los norteamericanos y a los kurdos de Mosul. Los fieles escuchan por los altavoces de la mezquita mientras a pocos metros se suceden los saqueos y los tiroteos. Los árabes, que contemplaron con disgusto como los kurdos entraban en la ciudad el pasado viernes, han tomado las armas. Resulta difícil definir quiénes son los que luchan. Al parecer hay algunos Fedayines, miembros de la Guardia Republicana que han permanecido ocultos en las casas, pero también gente de a pie que ha sido convenientemente armada. Es un combate de los más irregular. Nadie sabe de dónde vienen los tiros. Del otro lado los milicianos kurdos y 800 soldados norteamericanos que habían entrado a primera hora de la mañana para controlar la ciudad, pero que en el transcurso del día han salido escaldados y han tenido que retrasar sus posiciones. En medio, comerciantes armados con kalashnikovs y con cuchillos que defienden su negocio y sus propiedades de los saqueadores.

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