Familiares y amigos lloran a los fallecidos en la más absoluta intimidad
No hubo capilla ardiente, ni muestras públicas de dolor oficial, ni se permitió a los ciudadanos desfilar ante los cadáveres de sus militares caídos en tierras iraquíes. Sólo siete sobrios velatorios que quedaron instalados pasadas las 18:00 horas en el Pabellón de Docentes del Hospital Militar Central, donde las familias de los siete agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) asesinados y los miembros del servicio secreto lloraron a sus muertos en la intimidad durante toda la jornada. Los familiares expresaron su deseo de que no se tomaran imágenes del duelo. La apertura de los velatorios y la colocación de los siete féretros, que en principio estaba prevista para las 12:00 del mediodía, se retrasó hasta la tarde debido a dificultades en el proceso de identificación de los cadáveres -en algunos casos fue imprescindible practicar pruebas de ADN- y también por cuestiones administrativas. Presidía cada una de las siete salas fúnebres un crucifijo en la cabecera de cada ataúd, cubierto por la bandera de España. En torno a él, cuatro candelabros y una mujer vestida de luto que lloraba la pérdida de su marido junto a sus hijos y allegados. Una escena de intenso dolor que se repetía en cada sala.