«¡Josu está vengado!»
A las nueve menos cinco de la mañana del 20 de diciembre, Carrero salió de su casa de Hermanos Becquer 6 para asistir a la misa de nueve en los jesuitas de Serrano. Como cada día, el presidente oyó misa y tomó comunión. A las 9.25 horas abandonó el templo. Debido al sistema de direcciones prohibidas, el coche tuvo que dar un pequeño rodeo para volver a su casa. Tras salir de Serrano y torcer por Juan Bravo, el Dodge enfiló la calle de Claudio Coello. Cruzó Maldonado y, ante el número 104, el vehículo se vio obligado a pasar por una estrecha franja para sortear un Morris 1300 estacionado en doble fila, que había sido allí colocado por los etarras. Con ello se forzaba al Dodge a pasar por el sitio exacto donde estaban situadas las cargas explosivas. Eran las 9.28 horas, cuando se produjo la enorme explosión, que dejó un crater de diez metros. Dos jóvenes con mono azul -miembros del comando-, salieron corriendo por Diego de León, gritando «¡Gas! ¡Gas!». Luego, al encontrarse con otro compañero, exclamaron: «¡Josu está vengado!», desapareciendo rápidamente. Josu era Josu Arteche, etarra acribillado por la policía en San Sebastián dos semanas atrás. El vehículo de Carrero fue levantado hasta una altura de más de 20 metros. Chocó con la cornisa del edificio de los jesuitas y cayó al interior del mismo. El padre Gómez Acebo salió al exterior y administró los últimos sacramentos a los ocupantes del vehículo. Carrero tenía los ojos cerrados y por la nariz y oídos le corrían unos hilillos de sangre.