| Análisis | «El que resiste gana» |

El gallego tranquilo

Rajoy, experto en resistir contratiempos, sale vivo del crucial congreso, pero sólo el tiempo dirá si ha fortalecido su liderazgo

Rajoy conversa con un grupo de compromisarios durante un receso en el congreso

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Ramón Gorriarán - madrid
León

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«El que resiste gana». Rajoy ha hecho suyo este aforismo de Camilo José Cela. El reelegido presidente del PP ha tenido que soportar en los últimos tres meses embates y desplantes desde todos los flancos de su partido después de perder las elecciones del 9 de marzo. Su pecado: no irse a casa y buscar la reelección. Pero, contra el pronóstico de muchos, aguantó y echó por tierra la imagen de hombre débil, acomodaticio y que huye de los conflictos. Entró en la pelea cuando hizo falta; escuchó críticas y mandobles como quien oye llover, y ni siquiera broncas y reconvenciones, como las muy desagradables protagonizadas por José María Aznar en las últimas horas, resquebrajaron su convicción de seguir adelante. Y ha salido vivo del congreso de su partido, todo un éxito a la vista de cómo estaba el patio hace unas semanas. ¿Y fortalecido? El tiempo lo dirá. Su línea política es la mayoritaria, pero es evidente que tiene al PP dividido. Carrera de éxitos Poco podía imaginar el registrador de la propiedad más joven de España -ganó la oposición con 24 años- que el futuro le iba a deparar esto. Compaginaba aquellos estudios con la pegada de carteles de Alianza Popular junto a cuatro amigos de Pontevedra. El engrudo de la cartelería fue el punto de arranque de una exitosa y polifacética carrera. Fue elegido diputado en las primeras elecciones autonómicas de Galicia, allá por 1981; director general de la Xunta; concejal en el ayuntamiento pontevedrés; presidente de la diputación provincial; vicepresidente del Ejecutivo autonómico; diputado en las Cortes; secretario general de AP; vicesecretario general del PP; ministro de Administraciones Públicas, de Educación, de Interior y de la Presidencia; portavoz y vicepresidente del Gobierno. Señalado por el dedo de Aznar, se convirtió en el candidato a la Presidencia del Gobierno. La victoria parecía segura, el PP gobernaba con mayoría absoluta y no había precedentes de una derrota para un partido que disponía de semejante respaldo. Lo tenía todo a favor. Pero en su destino se cruzó el 11-M y, con los atentados, el descalabro en las urnas. El revés más serio en una trayectoria de rosas. Rajoy afrontó una áspera travesía del desierto con el traje de líder de la oposición, pero el terno no estaba hecho a su medida. Aznar se encargó de que las costuras fueran ceñidas y colocó a Ángel Acebes y Eduardo Zaplana para que no se descosieran. El resultado fue una oposición bronca y sin cuartel, alejada del estilo del político que cuando era presidente de la Diputación de Pontevedra invitaba a comer «bien» a los alcaldes y altos cargos a los que después debía dar una mala noticia o destituir. Limpieza interna ¿Por qué aceptó esas cortapisas? Es una pregunta a la que aún no ha dado respuesta, si bien ha aceptado de forma implícita que los hechos fueron así. Tras el varapalo del 9 de marzo, admitió que el que tuvo no era su equipo ni la estrategia opositora era la suya, y que ahora va a hacer lo que no hizo hace cuatro años. Es decir, bregar con los suyos y ganar o perder con sus ideas, pero no vivir con las hipotecas del pasado. Rajoy, que gusta definirse como un señor «normal» y «de provincias», de 53 años, casado, con dos hijos, solventa un congreso que no ha sido el infierno augurado por algunos. Y además sale blindado. Una reforma estatutaria ha posibilitado que sea el candidato para las elecciones de 2012, aunque previamente deberá afrontar otro congreso en el 2011.

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