La recomendación de... José Vicente Gavilanes, presidente de la asociación de astronomía de León

El lubricán

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León

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«Son más de las nueve y media. Es la hora del lubricán. Ya se ha puesto el Sol, aunque no es de noche. Esté usted donde esté, en el pueblo, en la ciudad, en el campo, por la calle, paseando…, deténgase un momento, no más de cinco minutos. Mire hacia el oeste, hacia el ocaso. Levante la vista sobre el horizonte unos dos palmos con el brazo extendido. Encontrará una estrella, quizá la única que se vea. Brilla potente. Más al sur, a su izquierda, alto en el cielo, brilla otro lucero. Ninguna de las dos estrellas centellea. Al este, más a su izquierda aún, luce una Luna muy hinchada que no llega a llena. Está contemplando tres de los que los antiguos consideraban estrellas planetas: la Luna, tan creciente y abultada que parece preñada, por eso es de nombre gibosa creciente; Júpiter, el dios de los planetas, en lo alto del cielo; Venus, el lucero de la tarde, hermoso como la diosa del amor, la estrella Jornalera, porque quizá su aparición marcaba el fin de la jornada con el jornal bien ganado. No tenga prisa, amigo, todavía no han pasado los cinco minutos. Contemple el abanico que dibujan estos tres luceros, que se conocen desde antaño. Cuántos humanos antes que nosotros han contemplado este espectáculo. Disfrute del crepúsculo vespertino, de esa hora, en que el pastor, cuando recoge el rebaño, no es capaz de distinguir si quien se acerca es un lobo o un can. Es el lubricán.

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