El rincón mágico de Sipopo

Guinea Ecuatorial es una tierra de contrastes. La naturaleza, pródiga y de fortaleza creciente y generosa, es una referencia que el viajero nunca puede olvidar, puesto que justifica y explica buena parte de las actitudes y prácticas tejidas en el día a día. Su contemplación, y en la medida de lo posible su entendimiento, exige una actitud de respeto pero de curiosidad. La fauna y la flora, riquísimas y sorprendentes, nos sitúan en el corazón de la africanidad pura y única. Si se interesa mínimamente por ello, el mapa que le puedan ofrecer le sacará de dudas.

ALFONSO GARCÍA

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ALFONSO GARCÍA
León

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M alabo, la antigua Santa Isabel española, es la capital de Guinea, país que se configura con territorio tanto continental como insular. En este último se encuentra la capital, al norte de la isla de Bioko, la isla antes bautizada como Fernando Póo. Es el único país africano en que se habla español. Esto, sin embargo, es simplificar las cosas en exceso. Es fácil que oiga hablar casi exclusivamente lenguas de las diferentes etnias que componen el país, fang y bubi especialmente, aunque la lista pueda subir otra media docena.

Hoy no vamos a caminar mucho. Disfrutar del mar en una isla parece una evidencia. Pero los dos trayectos elegidos —se pueden hacer en dos jornadas si la playa es razón fundamental de sus preferencias— pueden suponer la constatación de los contrastes del país y de la frondosidad de la vegetación, que impide la visibilidad del mar en gran parte del trayecto. Pero mantenga bien abiertos los ojos.

Mirando hacia el mar de Malabo, a la izquierda, tomamos dirección a Luba, la segunda ciudad más importante de la isla y uno de sus lugares más animados. Especialmente los fines de semana. El camino —calcule unos 40 kilómetros— es, además de lo dicho, deslumbrante, por la arquitectura real y en construcción —no falta una mezquita, llamativa—, mercados callejeros de todo tipo, campesinos que transportan la variedad de sus productos, el florecimiento intenso y oloroso de la selva, la robustez del árbol que salpica el paisaje… A servidor le llamó uno la atención, de nombre mangüeña, con infinidad de nidos de pájaros amarillos a los que llaman “buen señor”.

Habíamos aparcado junto a uno de ellos, para desayunar en uno de los baretos populares inundados de olores desconocidos. No me extraña. El manjar, en este caso, era puerco espín con plátano asado, delicioso al parecer. Tan amantes como son, algunos al menos, de la carne de bosque, la oferta puede ampliarse en algunos otros lugares, a la boa, iguana, cocodrilo, antílope, mono —ahora está prohibida la caza, aunque la consideración de chupar sus dedos en salsa tiene que ver con nuestro dicho—, pangolín, marmota, ardilla… La verdad es que no tenía hambre. No sé si tenía. Salí al descampado que hacía de aparcamiento. Niñero como soy, intenté jugar con uno que andaría por los dos años. Lloró como si hubiese visto al mismísimo diablo. La que supuse su madre me tranquilizó: «No se preocupe. Estos niños pequeños suelen llorar cuando ven a un blanco y además mayor». Uno responde a estas dos condiciones. [Permítame el lector descargar esta sensación de coco que me acompañó durante buena parte del día. Al anochecer, ya en Malabo, en el Café La Luna, que fuera Casino español, con vistas al puerto, celebraban una fiesta donde había niños Jugué con ellos. Jugaron conmigo. Ni un solo llanto. Muchas sonrisas. Los niños son iguales en todas las partes del mundo. Seguramente somos los adultos los que, desgraciadamente, hacemos distintas sus condiciones, duras a veces, sus circunstancias].

Me detuve brevemente en el nuevo y ambicioso campus universitario, en construcción, para poco antes de Luba, desviarme hasta la bella playa de Arenas Blancas, la única de la isla con arenas claras. Un gozo que lleva la arboleda hasta la altura del agua, cálida.

Ambiente festivo y popular en el entorno. Música y fritangas. Aunque no son muy amigos de la playa mañanera, usted, amigo, puede disfrutar de una comida a base de pescado fresco, llamado bilolá, con caracoles, y de qué tamaño, plátano y yuca. Buen momento, además, para contemplar, cercano a la costa, el Islote de los Loros, al que se puede acceder si contacta con pescadores locales.

De nuevo en Malabo, un indicador le señala dirección a Sipopo. 15 km. A la altura del complejo deportivo, con el estadio nacional de fútbol como protagonista, incluso arquitectónicamente. Viví una larga temporada en un hotel dentro del recinto. Y anoté, como pura constatación, que seguramente un campo cercano al principal es el más, o uno de los más aprovechados del mundo, a diario desde la salida hasta la puesta del sol. Allí conocí a los habituales y simpáticos lagartos, que me llamaron la atención por sus aparentes flexiones continuadas y deportivas.

El trayecto cambia radicalmente respecto al anterior. Hablan ellos de un viaje hacia el futuro. No es de extrañar cuando vemos el Palacio de Congresos o las 52 villas residenciales, una por cada país africano.

Lo importante para este viajero, sin olvidar cuanto se ve, es llegar a Isla Horacio, patrimonio natural e indígena. Desde la playa privada de un hotel, un puente peatonal de madera, de unos 500 metros de longitud, conduce a la isla, un verdadero gozo. Eso sí, por si las moscas, y los mosquitos, no olvide llevar repelente.

Recorra la isla por los caminos en ella trazados. Existe un itinerario señalizado con carteles informativos. A este visitante, dentro de un contexto que se le antoja mágico, le llaman la atención de forma especial algunas cosas. Por ejemplo, las esculturas del artista ecuatoguineano Charly Djikou: representan las deidades a las que los pescadores, reunidos aquí -Horacio fue un nombre mítico-, invocaban para conseguir una buena pesca, abundante, que se practicaba en cayucos y con redes sencillas. Trate de seguir algún banco desde la Cabaña del Pescador. Si decido un baño por el contorno, hasta es fácil que se encuentre con alguno, como le ocurrió a quien se lo cuenta con los populares peces aguja, de espinas verdes.

Son ricas flora y fauna. Verá también, por ejemplo, El Gigante de Horacio, una ceiba, símbolo nacional, cuya yedra amenaza con estrangularla. O el observatorio desde donde puede contemplar algunos de Los Pájaros de Horacio. Quede apuntada mi preferencia por la garceta de arrecife. Se habla aquí también de muchas cerámicas antiguas (siglos XIII-XVII), ya conocidas como las Cerámicas de Bioko, cuya polémica se enzarza en su localización, total o parcial. Vaya usted a saber.

Lo cierto es que el día ha podido resultar grato, diferente, que de eso se trata, aunque repito, como tantas veces, que el descubrimiento ha de ser personal y que nunca es bueno que la retina se universalice. Viajar es ampliar el propio mundo.

Le recomiendo la vuelta por Baney, un pueblecito pintoresco asentado en una ladera bien empinada. Como le supongo, imprescindible, con un mapa a mano, no necesita muchas más explicaciones. Eso sí, pregúntese por qué aparecen algunos cruceros en la carretera. Mientras lo piensa, está en Rebola, una pequeña ciudad con un encanto particular y sus casas típicas, erguida sobre una colina, muy visitada por la frescura de sus atardeceres. Siempre que paso por allí, me detengo en Las Vegas, en su terraza. Escuchar la sabiduría popular de su dueña, Purina, en la más pura esencia bubi, es otro deleite que se suma al consumo de una fresca. Se sonríe cuando le digo que tienen que nombrar a San Miguel patrono, o copatrono de la isla. O del país. Mejor.

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Apenas le quedan unos minutos para llegar a Malabo, que, al bajar, se divisa cercano, a los pies de nuestra mirada.