Tortuguero pura vida
No se extrañe el viajero si le saludan con un ‘Pura Vida’. Costa Rica es pura vida, pura naturaleza, y como tal lo entienden y cuidan. Con verdadero primor y mimo. La Naturaleza es protagonista. Veintiocho parques naturales, con una extensión total de cuarenta y ocho mil hectáreas. El cinco por ciento de la flora mundial tiene presencia en este territorio costarricense. Como dato curioso que nos puede proporcionar una idea, hay ciento veinticinco clases de palmeras. No es de extrañar que este viaje se convierta, entre otras cosas, en una permanente lección de botánica, de riqueza cromática y de exaltación del agua.
Un mundo fascinante detrás del embarcadero en el río La Suerte, el corazón de agua del Parque Nacional de Tortuguero, más de cuatro centenares de especies de aves, cocodrilos, caimanes, iguanas… Calle principal del pueblo de Tortuguero, una pequeña
E stamos en San José, la capital, ciudad de la que hablaremos en otra ocasión. Viajamos a uno de los parques emblemáticos, el de Tortuguero, en la parte norte del Caribe, cerca de Nicaragua. Al margen de las recomendaciones habituales para ocasiones como esta, no estará de más pensar comprar un paquete con el viaje, incluida una noche de estancia al menos. Le resultará más práctico, provechoso y fáci (seguramente lo puede contratar en el hotel donde se hospeda).
Dos horas aproximadamente de viaje en microbús. Para contemplar, como decía. A uno, amante de esta fruta, le llaman especialmente la atención las plantaciones enormes de plátanos-bananas. Entrar en la disquisición de sus variedades y denominaciones es una larga tarea de aprendizaje a la que no me siento dispuesto ahora. Solo decir que el país es importante exportador del producto, el primero en el caso de la piña, deliciosa también. No pierda la ocasión de probar cuantos zumos pueda de sus frutas, tan naturales y sabrosas.
Estamos ya en el embarcadero La Pavona. Descanso y, si le apetece, hay un bar-restaurante. No olvide que ha tenido que madrugar. Hora y media aproximadamente de recorrido en barca-lancha por el río La Suerte. Los ríos suelen ser por estas tierras tortuosos caminos de agua que conducen a lugares recónditos y menos. Este fluye a través de la selva tropical y húmeda del Caribe, donde desemboca. Abundan canales y lagunas que llevan, a través de un enorme laberinto, a puntos y destinos que los pobladores utilizan para los desplazamientos.
Una hora y media hasta llegar al destino, que no es la desembocadura, a unos diez km. Otro tanto tiempo de asombros. Abra los ojos con intensidad. Cuatrocientas especies de árboles cohabitan en este Parque Nacional creado en 1975. Más de dos mil doscientas de otras plantas. Conocer nombres y propiedades que les atribuyen los antepasados –hoy permanecen algunas en pie- es tarea imposible. No se aturulle. Agua y vegetación espectacular, distinta me parece en una y otra orilla. Silencio roto por el deslizamiento sobre el agua y por los animales que el ojo increíble del experto ve y señala rápidamente. Es muy interesante igualmente la gran variedad de la fauna, con mamíferos en peligro de extinción y más de cuatro centenares de especies de aves. ¿Sabe usted —me pregunta el del ojo escudriñador— cuál es el animal que más abunda? Ante mis ojos de sorpresa sin respuesta, el jaguar, me dijo. (Y me lo explicó: llegan tantos visitantes con precauciones y miedos, que solo hacen que preguntar: How are you? Me reí sin ganas. No daba mucho de sí). Mientras pensaba en las penalidades que hubieron de sufrir por estos pagos misioneros y exploradores, él advertía la presencia de un cocodrilo aquí, un caimán más allá, una iguana en un tronco —intenso el verde de las más jóvenes—, la agilidad arbórea de los monos —el cara blanca, pequeño pero muy agresivo, el aullador…—, la lagartija de Jesucristo —camina sobre las aguas—…, mil nombres redondos y otras tantas figuras para intentar fijar en la retina: garza tigre, pato aguja, tucanes, colibríes… Un mundo fascinante y colorista.
Estamos en un canal más ancho y apenas sin corriente. Concretamente, en el de Penitencia, que también tienen nombres propios. Algunas lanchitas familiares se dedican a la pesca. Varía la vegetación que se va haciendo más espesa, y la amplitud de este pequeño Amazonas amplía notablemente su anchura. Se observan, a ambos lados, pequeños embarcaderos, detrás de los cuales uno sospecha, equivocadamente, poblados ignotos. Detrás de la primera impresión y de la espesura del bosque, prácticamente selva, uno de los hoteles singulares de la zona, un espacio delicioso que respeta primorosamente la naturaleza, viva en todas sus manifestaciones. Me instalé en una de sus cabañas de madera, con los monos como testigos, y comí. Por la tarde había de seguir otros caminos Puro deslumbramiento. Pura Vida.
No hace falta ninguna explicación sobre la etimología de Tortuguero, el pueblo de 1.800 habitantes que conforma una pequeña isla rectangular limitada por el mar y el río, salida y entrada obligatorias. En realidad, una franja muy estrecha de tierra. Nacido a la historia a principios del siglo pasado —la fecha precisa, dicen, es 1910—, aún vive entre sus gentes (junio, 2015) una de las nietas del fundador. Pueblo curioso, tranquilo y natural, apenas asfaltado, cuya calle principal junto al río lo vertebra de una a otra parte, abarrotada de comercios, bares y reclamos para pernoctar y comer. Las papeleras, para que nada falte, están rematadas con animales de la zona.
En este pequeño y hermoso rincón del mundo hay, sin embargo, una cita universal. En su playa, que se alarga veinticuatro kilómetros, se produce el que dicen ser espectáculo único del desove y nacimiento de las tortugas (unos cuarenta y cinco días) en la noche-madrugada de finales de junio a finales de octubre. No estuve en esas fechas y solo pude conocer la narración, maravillosa, de Félix, un encantador joven del lugar que me acompañó durante estos días. Hoy, de cualquier forma, la asistencia a este milagro masivo y repetido de la naturaleza está controlada, con la prohibición, por ejemplo, de hacer fotos, dada la sensibilidad de las tortugas, o la masiva presencia humana.
Anochece pronto. Le recomiendo un paseo, después de cenar, por las instalaciones del hotel. Contemplar el río desde el silencio intenso de la noche y de la naturaleza que le rodea será seguramente un recuerdo definitivo.
La mañana siguiente fue larga e intensa. Navegación lenta y apenas perceptible, en un recorrido que rompe nuestros esquemas, en el entorno de Tortuguero, por canales y canalillos, con la amanecida. Agua, flora y fauna en su esplendor y novedad. Después un largo paseo por la selva. No tenga la tentación de ir solo. La vocación momentánea de robinsones es poco práctica, inútil más bien. Y si es atrevida sin causa, hasta peligrosa. Es necesario un calzado especial, por si acaso las serpientes. Ha de saber, por puro conocimiento, que por aquí habitan dieciocho de las más venenosas del mundo: coralina, terciopelo, bocaracá… A esta última la llaman los indígenas ‘beso de la muerte’, pues al ser aérea, va directamente a la cara. Me dicen que los tres peligros de esta selva son, por este orden, serpientes, arañas y, en menor medida, el jaguar. Ni rastro. Eso sí, plantas, frutos y algunas pequeñas especies animales que el olfato sabio de Félix me iba mostrando. Nunca sabré qué es mejor, pues también depende de la suerte, el día y la hora. Vamos a dejarlo así. Son suficientes los sonidos, misteriosos y expectante, de la selva. La precaución, por no utilizar otra palabra, supongo que cada cual tenga la suya. El silencio delata con frecuencia.
Al atardecer hice el mismo camino. Ahora, a la inversa, de regreso a San José. Por mi mente pasó varias veces la película de estos dos días. Maravillosos. Ricos.