El viento que recoge los pecados

A unos 150 kilómetros de la capital de Guatemala descansa el lago Atitlán, resguardado por tres volcanes de factura impecable: Tolimán, Atitlán y San Pedro. Un paraje único con vistas espectaculares

Una docena de pueblos se asientan sobre las laderas de este lago sagrado (arriba). “La curación”, uno de los murales que pueden contemplarse a lo largo del recorrido (centro). El sombrero y el pantalón bordado y colorista es aún una de las señ

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ALFONSO GARCÍA
León

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L as tierras altas del oeste de Guatemala, muy hermosas, tienen como referencia inevitable el lago Atitlán. Estamos a unos 150 km de la capital del país. Es recomendable detenerse bajando de Sololá a Panajachel: hay curvas y rincones en que la contemplación de sus aguas azules y del entorno es todo un espectáculo. La vista se serena en Panajachel, desde donde hemos de salir en una lancha para recorrer algunos de los pueblos, todos con nombres de santos, que se asientan en sus laderas: San Juan, dicen que el más tranquilo y menos violento de Guatemala, Santa Cruz, al que solo se puede llegar en lancha, San Pedro, donde el café es una fiesta, Santiago, en el que se venera al dios Maximón, o San Juan, San Marcos, San Lucas… Magia en cualquier caso, vitalidad, naturaleza, sensación de paz. Encontrará el viajero igualmente artesanías, pinturas, ropas llenas de color que hablan de una vida sencilla y auténtica.

Estamos a 1570 m sobre el nivel del mar.

El lago Atitlán, que tiene una extensión de 124 km cuadrados, recibe no pocas versiones en cuanto a su origen. Supongo, como mandan los cánones de la lógica, que la científica, la verdadera, sea una, única. Origen volcánico. Pero ya se sabe qué ocurre en el entronque de las culturas originarias de raíces mayas, que la alusión mitológica, vinculada a su propia cosmología, acaba reduciendo no pocos asuntos a creencias, a pesar de la sabiduría ancestral que habita la palabra de estas gentes. No produce el asunto ninguna inquietud a este viajero. Antes bien, por qué negarlo, le reconforta. Las recientes y diversas caminatas por la vieja Europa intensifican la presencia de lo legendario en las piedras y los rincones más insospechados y aparentemente racionales. Uno tiene la sensación de que la leyenda es uno de los signos de estos tiempos que corren. Y será así, quién sabe.

Lo que sí es cierto es que el lago está resguardado por tres volcanes de factura impecable: Tolimán, Atitlán y San Pedro. Si le vence la tentación y se siente con fuerzas –la caminata puede llevarle cuatro horas-, la ascensión al último tiene la enorme recompensa de la contemplación de unas vistas espectaculares desde la cima. Es una de las actividades que se pueden realizar, dependiendo de tiempo y de intereses. Los guías conocen bien la senda que facilita la subida. Puede buscar la alternativa de hacer un recorrido alrededor del lago. A caballo, en bicicleta o a pie. En este último caso, puede durar unos tres días, caminando ocho horas cada jornada. En cualquier caso, y por diversas razones fáciles de deducir, es aconsejable ir siempre acompañado, mejor en grupo. Disfrutará intensamente del paisaje, de los cafetales –tienen fama estos parajes del mejor café guatemalteco-, las frutas, la flora y fauna –deliciosa la ladera de los colibríes, zunaná-, los mercados populares, la sonoridad de los nombres, la cercanía de estas gentes que tienen otras claves de entendimiento del mundo.

Cuatro ríos desaguan en el lago. Me dicen que desde el año 2005 sube el nivel del agua por la abundancia e intensidad de las lluvias. Y se lamentan con tristeza de que solo quedan como recurso de pesca cuatro de las diez especies tradicionales que poblaban estas aguas. Al parecer, la lubina negra, una especie que no es autóctona, continúa haciendo mucho daño. La carne más apreciada sigue siendo la del mojarra, con pocas espinas y muy sabroso. Como de comer estamos hablando, recordar que la gastronomía típica de este enclave único no es, como no lo es prácticamente en ninguna parte, uniforme. No dejaría de comer el tradicional patín de pescadito, otro pescado del lago que se prepara ahogado en una salsa de tomate especial, y los tayuyos, tortillas de maíz rellenas de frijol. El maíz tiene mil caras en la alimentación. Imprescindible. Anoto, por si acaso, el pulique o caldo rojo, platillo de pollo en salsa, o el arroz con chipilín… Bebidas para el acompañamiento, los atoles de elote blanco, maza, maranto, pinol de haba o fresco de súchiles. La gastronomía autóctona, a pesar de ciertos estragos de la globalización en este sentido, es aún capaz de marcar ciertos niveles de vida en armonía con la naturaleza. Añádase imaginación a la necesidad y bautícese con la sonoridad de lo auténtico.

Sigo pensando, cada vez con mayor claridad, que lo mejor del viaje son las gentes, quizá de forma especial cuando uno se acerca a las culturas ajenas, como es la maya. Guatemala es el corazón del mundo maya. Nada de extraño tiene si en algún punto determinado del lago Atitlán alguien le indica que, a unos 30 m de profundidad, hay unas ruinas de esta civilización tan antigua, que en su tiempo -¿de qué tiempos hablamos?- fueron centro de sus propios rituales. Cada mundo explica, me atrevería a decir que con mayor insistencia, su propia realidad. Por eso aquí no podía faltar la presencia del dragón del lago, que, según los vecinos del entorno, es su verdadero protector. Para tranquilidad del viajero navegante, he de confesar que no apareció en ningún momento de mi estancia. Sí era consciente, como ellos, de que el lago es un lugar sagrado. A mediodía, la hora irreverente de los vientos, apareció el Xocomil: Pedrito, el joven maya que me acompaña y conduce la barquita a todos los puertos y frente a cualquier imprevisto, prácticamente inexistentes, me explicó que cuando aparece el Xocomil –uno de los cuatro creadores del mundo, que representa el espíritu del viento-, es que el lago está enojado. Antes lo aplacaban con algún rito o ceremonia. Ahora, supuestas sus buenas intenciones, Xacomil hace acto de presencia para ayudar a la gente que tiene problemas. La palabra proviene del cakchiquel Xocom, que significa recoger, e il, pecados. No solamente, por tanto, ayuda a quienes tienen problemas, sino que, además, recoge, limpia los pecados de los pueblos situados a orillas del Atitlán. Se supone que también los de quienes surcan en ese momento las aguas.

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Supe más tarde que el fenómeno se produce cuando los vientos cálidos procedentes del sur chocan con las masas de aire más frías que provienen del altiplano, formando remolinos que agitan las aguas del lago convirtiéndolas en algunos casos en olas muy fuertes que pueden hacer zozobrar las embarcaciones. Xocomil es compasivo: conocedor de que un inexperto como servidor surcaba sus aguas, amainó la bravura y la zozobra existió, eso sí, leve aunque fácil de advertir. La garantía de quedar purificado de todos mis pecados, especialmente de los de pensamiento, aligeraba el asunto. Una vez más el viaje merecía la pena.