El parque de gauja
Sigulda, una pequeña ciudad de Letonia, da cobijo a un parque lleno de paseos, joyas naturales, monumentos, leyendas y costumbres curiosas como la práctica del bobsleigh un deporte cuyo origen se sitúa en los Alpes suizos
De arriba a abajo: el castillo viejo, de principios del XIII, cuyos muros han sido reconstruidos recientementeLa cueva de Gutmanis es uno de los lugares más visitados del país. En sus paredes diversas inscripciones nos hablan de parejas con dificultades p
E stamos en Riga, la capital de Letonia, cuyas bellezas contaremos en otro momento. Vamos camino ahora de una pequeña ciudad, Sigulda –se puede llegar en autobús o en tren-, situada a unos 60 km al noroeste, que está en el valle y parque de Gauja, que recibe el nombre del río cuyas aguas discurren por los dominios de este verdadero espectáculo natural. Muy cuidado, con la intensidad del verde que caracteriza a todo el país –no en vano se conoce este territorio como la Suiza letona-, es la extensión natural más grande de cuantos lo conforman. El teleférico que lo atraviesa ofrece una nueva perspectiva.
El parque, que ofrece un mundo amplio de actividades, se había convertido en un notable centro turístico por sus lodos benéficos. Hoy sigue siéndolo, aunque por otras razones. Además del propio parque en sí, lleno de paseos a pie y en bicicleta, la máxima altura de una colina de 140 m ha permitido convertirlo en un centro de deportes de invierno. Es bueno subrayar el hecho de que los letones son duchos practicantes del bobsleigh , incluso en verano. El amante de este y otros deportes de riesgo aquí tiene sus oportunidades, como el que busca otras opciones. Me comentan que en el valle hay hasta medio millar de monumentos históricos. Sospecho, sin embargo, y como parece lógico, que solo unos pocos merecen la pena, en términos absolutos. Esculturas, museos, vistas, parques y paisajes tienen, en conjunto, suficientes alicientes para cumplir una jornada interesante. Sin olvidar, claro, que hay que valorar siempre sus claves y sus símbolos, leyendas, costumbres e historia.
Nuestra recomendación recorre tres castillos, una cueva y posiblemente el símbolo más popular de Gauja. Cualquier otro añadido es un enriquecimiento del haber personal. Seguramente los castillos de Sigulda, Turaida y la cueva de Gutmanis son los lugares más visitados.
El castillo de Turaida, palabra que significa “jardín divino”, construido en el siglo XIII por la Orden de la Espada, se convierte en un magnífico mirador desde su torre principal, especialmente hacia el museo al aire libre. Desde hace una treintena de años se celebran en este entorno diversos eventos, fundamentalmente de carácter popular. Les subrayo un detalle, hablando de los soldados de Porta Espada. En uno de los pequeños y curiosos centros-monumentos en una de las zonas ajardinadas que visitará, sin duda, hay una referencia artística a estos soldados, cuyas cabezas son de piedra. Saque sus propias conclusiones.
En Sigulda hay dos castillos. El viejo, para entendernos, del siglo XIII, durante mucho tiempo en ruinas, y cuyos muros han sido recientemente reconstruidos. El nuevo, del siglo XIX, precedido de un hermoso jardín cerrado con verja, es hoy la sede del gobierno municipal. Frente a él, una estatua cuya representación ahora mismo no recuerdo, aunque sí la filosofía en que, como en tantos otros casos, está inspirada: durante la época soviética rara era la plaza que no estuviera presidida por bustos o estatuas de Stalin o Marx. Al desligarse Letonia de la federación de la URSS en 1991, a raíz de la llamada Revolución Cantada, muchas de estas imágenes, no pocas en bronce, se fueron derribando. Curiosamente, algunas se transformaron en otros personajes, como es el caso que nos ocupa. Supongo que por ahorro. Me imagino que cosa distinta sería el parecido auténtico con el nuevo representado.
La llamada Lápida de Meija, conocida como la Rosa de Turaida, es el recuerdo de una trágica historia de amor entre una jovencita huérfana y el jardinero del castillo. Se trata de una de las leyendas letonas más recordadas y contadas. Correos expidió incluso un sello con el motivo. Por supuesto, y para que no falten los ingredientes necesarios, las versiones dan para muchos gustos.
La clave, el escenario mejor, está en la cueva de Gutmanis
Tiene que visitarla, naturalmente.
Dicen que es la mayor cueva erosionada del Báltico, lo que no significa nada extraordinario. No olvide que el país es una gran llanura y que este tipo de accidentes geológicos no pueden tener ni envergadura ni predicamento.
A la hora de contar la historia, parece que algunos aprovechan para contar la suya propia, de nuevo cuño, aunque sea una, con las modificaciones añadidas o retocadas durante siglos, la que básicamente se considera auténtica, incluso sustentada en sucesos reales, según documentación, dicen, de la época.
Cuentan algunos que un alcalde de la localidad acusó a su mujer de tener un amante. Como ella decía no ser cierto, se tiró al río y murió ahogada. Brotó entonces una fuente en la cueva, donde supuestamente se veía la pareja, según la versión del marido, alcalde a la sazón. Dicen que las aguas son buenas para eliminar o amortiguar las arrugas. A uno le extrañó inicialmente la cola formada para beber en el manantial, y, conocida la historia, pasó de largo, convencido de que ni bebiendo todas las aguas del mundo serían capaces de eliminar las propias. Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. Es un decir. Y dicen que la cueva fue bautizada con el nombre del doctor alemán Guterman –Gutmanis en letón- por haber salvado a mucha gente gracias a las propiedades curativas de la fuente.
Sintetizo sustancialmente la versión que ha aceptado la tradición como verdadera y que se remonta al año 1601.
Maija Roze, a la que conocemos hoy como la Rosa de Turaida, Rosa entonces por su singular belleza, era una joven muy pretendida en la comarca. Entre ellos, un desertor del ejército polaco, Adam Jakubowski. De quien ella estaba realmente enamorada, sin embargo, era del jardinero Víctor Hale, con quien se veía todas las tardes desde hacía ya un tiempo en la cueva o en lugar apartado del bosque. Un día Adam, haciéndose pasar por Víctor, envió una carta a Maija citándola en la cueva. Al verse, rápidamente se dibujó en la cara de la joven las muestras del engaño. Adam pretendía secuestrarla para llevarla lejos. Ella le rogaba, entre lágrimas y sollozos, que no lo hiciera. A cambio, Maija le ofreció un pañuelo mágico, según le dijo, que protegería de cualquier mal o daño a quien lo llevase sobre el cuello. Le pidió que lo comprobara, y, aunque vaciló durante unos momentos, Adam golpeó el cuello de la joven con la espada. Maija cayó al suelo, muerta. Tenía diecinueve años.
Los hechos tiñeron de dolor el valle.
En un principio la acusación recayó sobre Víctor. Conocida la verdad y puesto en libertad, desesperado, enterró a su amada en el cementerio de la localidad y plantó un tilo junto a su tumba.
Adam Jakubowski se ahorcó en el bosque.
Hay, me dicen, documentos de la época que dan fe de los hechos narrados. Sí son testimonios, desde luego, las inscripciones en las paredes de la cueva que, desde el siglo XVII, nos hablan de parejas con dificultades para cumplir sus sueños de amor.
Llueve sobre Gauja. Lluvia parsimoniosa y pertinaz.
Me cobijo bajo un paraguas de flores naturales que surge en un rincón ajardinado desde el que puedo contemplar el símbolo que buscaba. El símbolo más popular de esta Parque Nacional creado en 1973.
El monumento o Parque de los Bastones, inaugurado en 2007, está dedicado a la pieza-recuerdo más querido de Sigulda. Coleccionista desordenado de estas pequeñas cosas, traje uno. Cada vez que recorra –pensé entonces y sigo pensando ahora- la hermosura de las montañas leonesas, me acompañará el recuerdo nostálgico de uno de los espacios más simbólicos de Letonia. Estoy seguro. Como estaba seguro, ante algunas advertencias que ponían dificultades, puramente teóricas, a su facturación, de que sería capaz de simular una pequeña cojera para no dejar el bastón en tierra. No solamente no hizo falta, sino que ni siquiera hubo el más mínimo impedimento. Confieso, sin embargo, los iniciales deseos de trampa, aunque venial.
La historia de los bastones de Sigulda se remonta al siglo XIX en que se extendió su fabricación –artesanal, por supuestísimo-, en avellano, enebro y sauce fundamentalmente, madera que por su elasticidad permite moldear fácilmente el mango. Decorados con motivos ornamentales –los colores tradicionales son el rojo y el verde-, algunos llevan la firma de autor, que han sabido mantener la tradición, conservada a lo largo de generaciones.
La naturaleza es un don, pienso durante el regreso a Riga. Es de noche.