La plaza donde rezaba Gaudí
La plaza de San Felipe Neri, en Barcelona, cautiva al visitante gracias a su encanto especial, entre romántico y cierto tono decadente, en la que a uno se le antoja escuchar la palabra de las piedras
ALFONSO GARCÍA
B arcelona estaba espléndida a mediados de octubre. Allí estaba, al amparo de la Fundación Mapfre, «Renoir entre mujeres». El pintor francés (1841-1919), uno de los más importantes de su época, supo transmitir a través de sus obras las particularidades que emanaban del universo femenino que él tanto admiraba. Además, fue un cronista de su tiempo y a través de sus protagonistas podemos apreciar las transformaciones sociales y las innovaciones artísticas que se desarrollaron durante la vida del autor, desde las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX.
Fue una feliz coincidencia la visita a la exposición. Y una verdadera delicia.
Pero, qué curioso, buscaba en esta nueva visita a la capital catalana a otro artista. Antonio Gaudí, un genio universal de la arquitectura, enlazando sus últimos días con un espacio que deseaba conocer desde hace algún tiempo: la plaza de San Felipe Neri, una plaza de simplicidad cautivadora con un encanto especial, entre romántica y cierto tono decadente, en la que a uno se le antoja escuchar la palabra de las piedras. ¿Hablarán las piedras? Aquí hablan las piedras.
Conocido el arquitecto por su profundo sentido religioso, los biógrafos relatan así, en síntesis, sus últimos días: El 7 de junio de 1926 Gaudí se dirigía a la iglesia de San Felipe Neri, que visitaba a diario. Al pasar por la Gran Vía de las Cortes Catalanas, entre las calles Gerona y Bailén, fue atropellado por un tranvía, que lo dejó sin sentido. Siendo tomado por un mendigo, al ir indocumentado y a causa de su aspecto descuidado, con ropas gastadas y viejas, no fue socorrido de inmediato, hasta que un guardia civil paró un taxi que lo condujo al Hospital de Santa Cruz. Al día siguiente lo reconoció el capellán de la Sagrada Familia, pero ya era tarde para hacer nada por él. Murió el día 10, a los 73 años, en la plenitud de su carrera.
De las pocas iglesias barrocas que quedan en la ciudad, dejo a su gusto y análisis, a su contemplación mejor, el interior. Le sugiero, eso sí, una búsqueda, siempre uno de los alicientes del viaje. El viaje es búsqueda. El pintor Joan Limona (1860-1926), profundamente religioso también y muerto pocos días antes que el arquitecto, eligió la figura de Dalí (1902), en pleno reconocimiento ya, para representar la figura de San Felipe Neri en uno de los cuadros. ¿Lo encontrará? Basta con proponérselo.
Decía antes que las piedras hablan aquí. Hablan en este caso de metralla: en el exterior de la iglesia está la herida de uno de los hechos más luctuosos de la guerra civil, que recuerda una placa colocada sobre la fachada del Oratorio el 31 de enero de 2007: «En memoria de las víctimas del bombardeo de San Felipe Neri. Aquí murieron 42 personas –la mayoría niños— por la acción de la aviación franquista el 30 de enero de 1938». Parece ser que fueron treinta los niños, que, acompañados por su maestra, iban a refugiarse al subterráneo de la iglesia cuando apareció la aviación italiana aliada de Franco. Una guardería alegra hoy el espíritu de la plaza.
El barrio gótico barcelonés, neogótico para puntualizar, es una referencia inevitable y hermosa de la ciudad. A un minuto de la catedral, expresión tan plástica para precisar la cercanía, la plaza. En pleno corazón gótico. Además de lo referido, algunos apartamentos, edificios renacentistas y el Museo del Calzado, que ocupa la que fuera casa del gremio de zapateros, visitado hace algunos años, aunque no recuerdo con precisión si en este mismo lugar. Me suena este pequeño y recogido rectángulo, con tres acacias esbeltas y señoriales, a novedad, a la pureza inmaculada que aniquila la memoria. Ver para sentir. Ver fluir el agua de la fuente octogonal que ocupa el espacio central. Me cuentan que la remataba una pequeña estatua de un niño estudiando, robada y nunca recuperada. Me cuentan también que se erigió esta plaza –reconstruida con elementos góticos de otras zonas de la ciudad, en proceso de derribo— sobre un antiguo cementerio medieval judío y se convierte así en el pórtico de la judería barcelonesa. El acceso a la placita, sin embargo, solo tiene dos posibilidades, llegadas desde las estrecheces callejeras colindantes, tan atractivas y sugeridoras. Una calle lleva el mismo nombre de la plaza. La segunda –Calle Montjuic del Bisbe-, que desemboca en ella a través de un arco, bajo el que llegó a la sorpresa quien esto escribe.
Hace calor en esta mañana de octubre mediterráneo.
Charlamos mientras tomamos algo en la terraza esquinera de un restaurante que ocupa uno de los laterales. Utilizo el plural porque me acompañan tres buenos amigos –Marisa, Cristina, Xurxo—. Escuchamos nuestra emoción compartida y la palabra que se pierde por los vericuetos de las risas.
Hasta que salta la sorpresa. El viaje tiene también el aliciente de las sorpresas. Las inesperadas, las que surgen en el instante.
Entra en la plaza una pareja de novios. Orientales ellos. Supimos más tarde que eran coreanos de Seúl en viaje de novios, gracias al fotógrafo que los perseguía y fotografiaba en todos los rincones y que se convirtió en traductor. Nos contó ser habitual en estos viajes y circunstancias contratar a un profesional que dejara testimonio gráfico de su presencia en las ciudades visitadas. Y compartimos imágenes que, seguro, verán en Seúl preguntándose quiénes serán semejantes tipos de nombres desconocidos. Todo un atrevimiento en álbum de boda a la que no fuimos invitados. ¿Típicos acaso? Extraños, seguro.
Acababan de darse un beso los coreanos recién casados en el medio de la plaza, junto a la fuente. El fotógrafo, oriental también y simpático, nos aseguró que tales manifestaciones amorosas en público no eran frecuente ni bien vistas en Corea. ¿Se hubiese atrevido Renoir a plasmar el momento en un lienzo? El zoom, que intuía el desenlace de la ternura de este beso oriental, se encargó de dejar constancia. No sé a dónde podría enviarles la imagen de esta sorpresa, aunque me imagino que haya habido otras muchas.
Abandonamos la plaza bien entrada la tarde. No teníamos ninguna prisa. Los acontecimientos que la historia se había encargado de dibujar en este escenario, rubricados por un beso que sellaba el amor de una pareja de coreanos recién casados, añadía la magia suficiente a la plaza a la que Gaudí acudía a diario.
Haré cuanto de mí dependa para regresar.