La recomendación de... Diego Buenosvinos Fernández, responsable de prensa y comunicación del colegio de enfermería de león
Cautivo en el panteón de reyes
ramiro
El retrato que extraigo de mi retina sobre León está íntimamente arraigado en una provincia cuya arquitectura paisajística es tan desbordante como a la vez sublime. Sus montañas, valles, rincones y pueblos me absorben por completo. Sin embargo, creo y vence en mí, la idea de que para que se conozca como se merece nuestro entramado natural, es indispensable que la capital tenga una proyección de desarrollo turístico como ahora parece que emprende por fin. Ahí es cuando me detengo una vez más entre dos imágenes con las que enmudezco. Las vidrieras de la Catedral de León con su majestuosa luz posada sobre la piedra noble del antiguo Reino de León y la Real Colegiata de San Isidoro, donde siempre permanezco cautivo en el Panteón de Reyes.
Sus pinturas románicas me abstraen al contemplar la belleza de sus ilustraciones, su estilístico orden plenamente localizado por sus temas en bóvedas, murales y arcos: sobre todas ellas me fijo en la imagen del Pantocrátor, donde expresa “Yo Soy el alfa y omega”; el calendario románico agrícola; la escena de la Natividad o simplemente perderme en la vista general de toda la sala, ocupando parte del ideario de visita a este templo leonés. Pero los frescos isidorianos preceden un viaje aún más profundo del Arte Románico entre sus piedras milenarias de regia orfebrería, de bellas artes por las miniaturas de sus extraordinarios códices o, por qué no también, el excepcional Cáliz de doña Urraca, la copa de la Última Cena.