LUGARES FIGURADOS LUIS CARNICERO, arquitecto y poeta
Umbrales en la mirada
LUIS CARNICERO
Comienzo de año. Las nubes ensartadas sobre las cumbres, como nivel. El amanecer, velado sobre su pelo. Él iba primero, como guía inspirado que conocía la ruta hacia el Pico Jano.
Alguien lo vio aparecer en la ermita, en la carretera de Crémenes a Argovejo, donde dejando el pueblo desde la fuente, hacia el noroeste tomó el camino de Condobrín, quebrando luego hacia el este por una pista a la altura de La Parada.
Detrás, entre los robles, el sonar del viento y caballos oscuros. Delante, cruzando la Gorgolada, se esfumaba la niebla gris. Sus ojos entre piedras blancas y piedras rojas. Sus pasos entre escobas pardas. Hasta llegar a una pradera donde vio, borrada la nieve, los laberintos grabados por la sombra del ave y por los animales que dudan.
La vida es forma que fluye sola. Y él parecía entrar un instante en ella desde el pasado para ver fragmentos. Absorto, acaso contemplara que las rocas esculpiéndose y el árbol secándose terminan adoptando el perfil creador de sus orígenes.
A media ladera, se elevó cruzando velos hacia las Mugas. Extendía líneas ascendentes y descendentes cada vez más altas, desde la presa y el pantano de Riaño a las montañas, en triple tiempo, desde los tres picos que miran al dios de las dos caras, llegando a él entre trepadas y destrepadas, visualizando con tangentes el círculo del cielo. Abajo, el lugar desde el que se ha partido. Al frente, el más allá. Cruzando puertas.
De vuelta al pueblo, brillaba el lodo. Y de pronto, el guía, el setter negro, desapareció sin rastro y los dejó avanzando hacia el futuro. No volvieron a verlo. Acaso fuera el Perro semihundido, pintado por Goya en la Quinta del Sordo, que hubiera venido, desde las puertas de los dioses a las puertas de los hombres, para darse en la mirada.
Porque solo goza del cosmos el que se entrega a contemplar escuchando la lejanía; pues conoce el ritual de levantar altares en silencio, siendo nada.