Vinos desde la inquietud
«Desarrollar la inquietud de llevar la uva a la botella sin condicionantes de ningún tipo». Ese es el noble empeño que da sentido a Vitis Velado, un proyecto muy personal que descubre otra manera de entender y hacer el vino.
AJesús Ángel Velado, ingeniero agrónomo con amplio conocimiento de la viña pero con grandes inquietudes sobre la labor en la bodega, siempre le sedujo la idea de «trasladar lo que hay en la viña a la botella desde un proyecto personal». Y ese empeño de «hacer mis propios vinos a partir de una alta exigencia de calidad» se materializó cuando con la vendimia de 2013 elaboró su primer Albaricus, un blanco que supuso, además, una declaración de intenciones, confirmada cuando un año después ponía color y sabor —e imagen— al Canalla Rosé. De intenciones y de convicciones, porque la Albarín y la Prieto Picudo son para él una doctrina de necesario e irrenunciable cumplimiento más que una posibilidad enológica.
Convicciones que se extienden hasta más allá del propio proceso elaborador y que definen también el resultado final, el objetivo último: «Hacer vinos diferentes para un público joven, accesible, incluso desenfrenado». Idea que tiene su representación formal —y muy informal— en la sugerente y llamativa etiqueta del rosado: el tatuaje de una rosa que podría serlo sobre la piel de quien tiene el criterio y buen gusto de pedirlo... y de beberlo.
Pero va más allá Velado Quintero en sus nobles propósitos: «Se trataba también, a la vista del público al que van dirigidos mis vinos, de buscar un cierto equilibrio entre calidad y precio desde la idea de hacer cosas diferentes sin condicionantes económicos, poca cantidad pero siendo muy selectivo, buscando la diferenciación precisamente por esa calidad y la imagen».
Persistió en la idea avanzada en aquel blanco muy frutal, maduro y de boca redonda forjada en un gran trabajo sobre las lías, un vino fácil de beber que transmite a quien lo disfruta la sensación de que está llevando a la boca uvas de Albarín. Y profundizó en ella con ese rosado desenfrenado, un punto canalla, cremoso y de gran amplitud en boca, radicalmente alejado de la vulgaridad de tanta y tanta levadura aromática y muy, muy fiel a la esencia de la variedad Prieto Picudo.
Bajo la convicción de que «hay hueco para todo» y en la voluntad por diversificar la manera de expresar su inquietud enológica dio vida a un tercer vino, que necesariamente habría de ser un buen tinto que soltó a la carrera, también dentro de los criterios de la Denominación de Origen Tierra de León. Ese Galgo Negro para el que se impuso la exigencia de «evitar la rusticidad y la dureza de la variedad» buscando la expresión más nítida de la Prieto Pucudo con un toque de madera es un vino sin verdores ni astringencias, fácil de beber, amable, fino y leal y muy expresivo de la variedad.
Había un cuarto vino en su cabeza que frustró la mala vendimia 2017, pero que persiste en su empeño y en la idea de que sea también «un buen producto que me posicione». En definitiva, constancia, buenos vinos, imagen y un volumen que pueda controlar y que no condicione su ideas ni su trabajo.