Regreso a los orígenes
«Hacer vinos más personales, pero no volvernos locos y mantener la sostenibilidad del proyecto sin olvidar las raíces». El Bierzo tiene potencial para avanzar en calidad y diferenciación de sus godellos y mencías. Y Madai está en ello.
Cepas cente-narias como la de la fotoson la base sobre la que trabaja la bodega y el origen desus vinos. GA
Apenas han pasado once años desde que los hermanos Amigo, Gonzalo y Daniel, asumieron el reto de poner en valor el legado familiar que sus padres, originarios del Bierzo pero a los que la vida llevó a Sada (A Coruña), habían defendido desde la distancia física, pero siempre en la proximidad emocional. El amor por aquella hectárea y media que Gonzalo padre, enraizado en Carracedelo, profesaba por esas viejas cepas ubicadas en la nobleza vitícola de Quilós acabó calando hondo en sus hijos, médico uno e ingeniero otro, que siempre respiraron los aromas de los mencías que se trasegaban en la bodega familiar ubicada esa ladera de la ría que fue —y sigue siendo— una pequeña colonia de León —y muy del Bierzo— en Galicia.
Once años después de nacer aquel primer blanco de compleja elaboración que sorprendió por su extraordinaria calidad, la constancia, la ilusión y el buen criterio, evidente no sólo en la excelencia enológica, sino también en la exquisita presentación de sus productos, sustentan un proyecto cabal, asentado sobre un soberbio cepaje y cuatro referencias comerciales
—dos godellos y dos mencías— para dar respuesta a dos maneras de entender y disfrutar del vino.
Pues bien, once años después es también el momento de afrontar nuevos retos a partir de «la exigencia de explotar todo el potencial que tiene el Bierzo», se impone Gonzalo Amigo, bajo la idea felizmente defendida desde la denominación de origen de avanzar en la calidad y la diferenciación de los vinos a partir de la identificación y catalogación del origen y la expresión de su carácter. Variedades, suelos, orientaciones, altitudes, elaboraciones... posibilitan tanta diversidad y tanta riqueza como la imaginación alcance. Y en esa sintonía está ahora Madai, que ya ensaya lo que en el futuro, porque los plazos marcan un tiempo, habrá de ser su primer vino de finca. El de La Medorra. Ubicadas en las envidiables laderas de Quilós, sobre suelo de arcilla con pizarra y granito y a una altitud de unos 700 metros, la vendimia de esas cepas centenarias (90% de Mencía y 10% de Alicante Bouschet) fue vinificada en barricas de roble francés abiertas, con 40% de raspón y con una doble fermentación, la general y la que se produce en cada uva de los racimos enteros. El paso a una segunda barrica precedió a la maloláctica y tras el trasiego a una tercera, también de 300 litros y de segundo uso para evitar el exceso de madera, inició una crianza prolongada durante 18 meses. Hecha la clarificación con clara de huevo y con unos parámetros envidiables —5,8 de acidez y 14 grados—, el vino, de la vendimia 2016 y unos 800 litros, está listo para ser embotellado. De la 2018 habrá un godello en esa línea. Y seguramente también un mencía más, en este caso de mayor altitud, 800 metros, a partir de uva de una viña en Hornija. Es el camino a seguir.