El mar de corín tellado

En el extremo occidental de la costa asturiana, entre Navia y Tapia de Casariego, el puerto es el alma de Viavélez. Un puñado de mar retenido y abrazado por las montañas, en cuyas faldas se levanta el caserío, que amparan esta formación marinera de apariencia natural

Desde las cercanías de El Mirador y cualquier otra altura se consiguen vistas que subrayan la fortaleza del paisaje

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Casi en el extremo occidental de la costa asturiana, entre Navia y Tapia de Casariego, el puerto es el alma de Viavélez: un puñado de mar retenido y abrazado por las montañas, en cuyas faldas se levanta el caserío, que amparan esta formación marinera de apariencia natural. Significa que para llegar a él hay que bajar –lo estoy haciendo ahora, con la mirada llena de sugerencias— cuestas de caminos suavizados hoy por los materiales de la modernidad. Frente al puerto, que conforma, sin duda, uno de los miles fines del mundo, me imagino a una niña contemplar cómo pasa la vida al ritmo del desvanecimiento de las olas. La mitomanía sigue siendo, sin explicarme razones, parte del tejido que conforma la pequeña tela de araña que va trazando el viajero. O que es parte de la sustancia del viaje. Nunca lo sé. Sí me resulta cierto, sin embargo, la capacidad de imaginación, de suposiciones que el viaje permite. Suponer es un riesgo, pero también un aliciente.

Así que la niña imaginada que contempla tiene nombre propio. Se llama María del Rosario Tellado López. Con el tiempo firmó sus casi 5 000 obras, sobre todo novelas románticas, con el nombre de Corín Tellado. Sus nada más y nada menos que 400 millones de ejemplares vendidos, como mínimo, la convierten, según estimación de la Unesco, en la escritora española más leída después de Cervantes. Ahí es nada el asunto. Sigue suponiendo ahora el viajero que este puerto o territorio que contempla la niña, recóndito y sorprendente, casi humilde, fue, acaso sea, un escenario perfecto para cuentos e historias de amor, de emociones. Un regalo, es verdad. Ahora su pueblo natal la recuerda en la calle principal que bordea el puerto, donde tiene la casa familiar de verano, aunque haya nacido la escritora en otra, unos metros más atrás. Créame que los pocos vecinos que quedan –con algunos compartí palabra y curiosidades— sienten el orgullo legítimo y sincero de patria chica de una mujer universal. Me encanta este sentimiento, tan vilipendiado y puesto en entredicho por la desmemoria sin adjetivos. Allá cada cual.

Lo cierto es que la motivación inicial del viaje, con las raíces ancladas en el mito como fundamento inevitable de quien cuenta esta sencilla peripecia, tiene sus propios añadidos en este enclave de la parroquia de La Caridad, en el concejo de El Franco. Destacado paisaje de costa, suficiente motivo para la visita. Dicen filólogos y sabios que con frecuencia el origen del nombre de los pueblos es realmente iluminador. Tal parece ocurrir en el caso de Viavélez (‘O Porto’ para los lugareños), que, según me cuenta un buen conocedor del lugar, fiel observador veraniego durante más de medio siglo, procede de Via Velae, que alude al Camino de Navegación que siempre fue. Pequeño puerto, con tres dársenas interconectadas para mayor protección, aunque con una larga historia de importancias y protagonismos. Por ejemplo, su intensa actividad ballenera en otros tiempos. Comprenderá las alturas naturales que sirvieron de puntos estratégicos desde donde otear la presencia de los cetáceos. Subir a El Mirador es una forma de entenderlo. Una zona de esparcimiento hoy, con bancos y mesas, una escultura firmada en 2002 por Knorr lleva como título significativo Litoral, litoral que rompe las olas sobre los acantilados, horadados por cuevas y rocas con crestas limadas por el tiempo y el agua batiente, el mar que se pierde en la línea trazada en el horizonte… Un buen lugar para la contemplación y para dibujar un plano esencial de situación. Hoy, sin embargo, aquella actividad ha venido muy a menos, como ocurre con el sector en general y con estos puertecitos de encanto de la costa asturiana en particular. «Hoy –me dice un joven de mediana edad, con el acento visible del desencanto— no llegamos a los dos centenares de habitantes, la mayor parte jubilados. De los pocos que quedamos, la mayoría nos dedicamos a la pesca –y señala con la mirada las embarcaciones— con esa pequeña flota artesanal: pulpo en época, mariscos, cabracho, salmonete…».

Era la hora de comer. Me indicó el único lugar, visible por otra parte, donde hacerlo. No había sitio. Hasta no sé qué hora. Decidí buscar el garbanzo en otra parte, cerca de La Caridad. No comí garbanzos, pero sí un pote asturiano de muchos quilates. Sabrosón y generoso. La carne de la continuación prácticamente quedó en el plato. La abundancia y los años tienen no pocos inconvenientes.

Las tardes veraniegas dan mucho de sí. El viaje siempre busca estirar el tiempo. Caminamos (Elena siempre atenta al detalle), recaminamos mejor, parte del recorrido mañanero. Es obligación no escrita de quien viaja encontrar sus propios motivos o valorar otros. Por si acaso le sirve de o para algo, servidor le añade algunas breves notas como referencia. El Palacio de Jardón –familia benefactora de la zona—, conocido también como Quinta de San Jorge. De gran interés, según me cuentan, puesto que no es visitable, y uno intuye por la rejería de la entrada. Construido en el primer cuarto del siglo pasado, con toques, como en otros casos, del ya llamado, y no sin razón, estilo indiano. De la misma época es el edificio de las Escuelas, patrocinadas por Eduardo Jardón, siguiendo una generosidad de calado en no pocas provincias del norte. Quédese también con la curiosa presencia de la Capilla del Santo Ángel de la Guarda, de propiedad privada aunque abierta al culto, especialmente cuando se trata de bautismos y bodas. El Santo Ángel, patrono de la localidad, centra el interés de un sencillo retablo.

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El paisaje de mar y pesca siempre fortalece los recuerdos. Llegamos a Gijón, en esa hora ya una ciudad iluminada y silenciosa. Había que buscar otra razón para que, como en el caso de hoy, mereciese la pena.