La delicada luz de las vidrieras
Bilbao regala al visitante mil tesoros, muchos de ellos, como las vidrieras que adornan numerosos lugares, pasan a veces desapercibidos
ALFONSO GARCÍA
Cada viajero tiene seguramente una forma muy personal de ver y estar en el mundo. De ahí que las miradas sobre una ciudad o sobre un territorio se multipliquen sin límites y las rutas puedan convertirse en sorprendentes, por su riqueza y originalidad. Hay casi tantos motivos como viajeros. Los primeros, en cualquier caso, se convierten en una razón que, siendo unitaria como elemento unificador de un interés muy concreto, nunca es excluyente. Permite ir localizando otras muchas posibilidades durante el recorrido. Es otra forma hermosa de enriquecimiento, teniendo en cuenta, además, que el curioso tema propuesto en este viaje no se agota fácilmente.
Estamos en Bilbao. Este viajero siempre tiene la sensación aquí, y por algo será, sospecha, que las ciudades que no se reinventan permanentemente o no rescatan fórmulas para ponerlas en valor están abocadas a la mediocridad y la indolencia. Esta que propongo gana fieles cada día. Razones bien conocidas nos conducen inevitablemente a las iglesias, algunas alejadas de nuestro itinerario de hoy, con variedad de escenas iconográficas llenas de colores vivos. La incidencia del viaje se detiene especialmente, sin embargo, en vidrieras civiles. Desde finales del siglo XIX Bilbao se convirtió en un importante centro comercial y financiero llamado a crecer progresivamente. Las vidrieras se adaptan a los diversos espacios y los convierten en una verdadera obra de arte contando costumbres e historias de este pueblo, caso de la que luce, espléndida, en la escalera de la Diputación. Las vidrieras se adaptan a todo tipo de arquitectura y por ello han dejado magníficos testimonios en la ciudad, caso de La Bilbaína, el Hotel Carlton o una de tantas joyas ocultas como la de la calle Diputación, 8. La lista se podría alargar notablemente. Pero hoy el recorrido nos lleva a diversos puntos concretos, que para algunos se convertirán seguramente en inolvidables y de referencia.
Bilbao. Plaza Circular. En pleno centro, ya en la parte baja de la Gran Vía, una de las calles que vertebran buena parte de la ciudad. Punto de partida. Al lado mismo, la Estación de Abando «Indalecio Prieto», cuyo busto la preside, frente a la vidriera policromada más conocida de la ciudad. Realizada en 1948 por la Unión de Artistas Vidrieros de Irún, en sus poco más de doscientos cincuenta metros cuadrados muestra una imagen del País Vasco en que aparecen tradiciones, industria, agricultura, deportes o lugares emblemáticos, como es la Basílica de Begoña. El contraste de colores y escenas adquiere una gran fuerza expresiva.
La ría separa y une, vertebra la ciudad. Su corazón de agua ha ido vinculando las dos orillas a lo largo de la historia mediante puentes de diversa factura y estética. Muy cerca de la estación, el del Arenal da paso al paseo del mismo nombre, a la izquierda. Y en él, el Quiosco, sin duda otra joya y uno más de los símbolos de la capital. Es circular, con cubierta volada y de gran expresionismo, inspirado en la forma de una concha. A nadie dejarán indiferente las vidrieras (1923) Art-Nouveau. La luz filtra de color al aire libre, con los vaivenes cambiantes del cielo.
Estamos adentrándonos apenas sin darnos cuenta en el Casco Viejo buscando la calle Bidebarrieta, en cuyo inicio encontramos la que fuera Sociedad El Sitio, refugio intelectual de la burguesía liberal bilbaína y cuya historia merece al menos un breve recorrido. Convertida hoy en Biblioteca Municipal con el nombre de la calle, llama la atención cada una de sus salas y, sin duda, las más exóticas vidrieras de la ciudad: motivos florales, mezcla de técnicas diferentes con esquemas repetidos, el indudable aire japonés deja en el visitante una sensación nueva, diferente al menos.
Seguimos hasta la catedral, bajo la advocación de Santiago. Supuso en su momento para mí un verdadero descubrimiento, hasta el punto de ser hoy referencia inevitable de mis paseos bilbaínos esta verdadera joya llena de emoción, de bella traza gótica del siglo XIV. Todos los elementos convergen en un espacio reducido pero lleno de fortaleza y plasticidad, y sus vidrieras cobran especial protagonismo y ayudan a crear un ambiente de espiritualidad y misterio en un magnífico espectáculo visual.
Si hiciésemos una ruta de los mercados, el de la Ribera, el penúltimo punto de nuestro itinerario de hoy, ocuparía espacio de privilegio. Construido por Pedro de Aspizua en 1929, su decoración Art Decó ecléctica mezcla vidrieras, elementos decorativos, celosías y floretones y en su interior encontramos los puestos de toda la vida conviviendo con una oferta de gastrobares gourmet que se convierten en delicia. La disposición arquitectónica fortaleza la luz interior y las vidrieras –servidor mira una y otra vez la que da a la iglesia de san Antón— adquieren un sentido de contraste y belleza sustentada en el colorido, especialmente al atardecer, con un hermoso juego de luces y reflejos.
Al salir, el primer puente nos conduce al Bilbao más intercultural, donde se encuentra otro descubrimiento, el Museo de las Reproducciones, ubicado en la antigua iglesia neogótica del Corazón de María. Contiene réplicas exactas de grandes obras maestras de la escultura de todos los tiempos, sin duda una de las mejores colecciones de Europa, llegada, mediante compras y donaciones, de las más importantes instituciones nacionales y europeas. Conviven armónicamente con elementos del antiguo templo, en el que las vidrieras de fábrica normanda realzan, por su diversidad e iconografía, este espacio.
Pregunto allí mismo por el mejor camino de vuelta. «Por el puente de la Merced», puntualiza una mujer joven y atenta. «Es el puente de la suerte», añade, y busca una hojita que me lee y reproduzco ahora. Nada hay, pienso, que no acabe en leyenda.
«Cuenta una antigua leyenda –su voz es risueña y melódica— que circulaba en la época medieval de la Villa de Bilbao, por el año 1400, que por aquella época existían unos seres alados que vivían en las zonas boscosas del actual barrio de San Francisco y que de vez en cuando hacían incursiones entre las orillas del antiguo poblado de Bilbao La Vieja y los arenales y las calles de la nueva Villa de Bilbao, que se había fundado en 1300 en las tierras donde estos seres vivían desde hacía mucho tiempo. Según decían las gentes de Bilbao, estos seres, que no se sabía si eran machos o hembras, siempre estaban en pareja y se acercaban a quienes estaban solos o desamparados. Y cuando les rozaban con su pecho, o lomo, o cualquiera otra parte de su cuerpo con ello transformaban el ánimo de las personas, que en un momento pasaban a sentirse más afortunadas y queridas, y así encontraban amor y suerte en la vida. Y no tardaban en tener alegría de vivir, y encontraban pareja, y los que ya la tenían, la conservaban hasta el fin de sus vidas. Muchos siglos después, el ingeniero que diseñó el Puente de la Merced recuperó a los seres alados de la leyenda y puso ocho farolas de fundición, con dieciséis seres alados, dispuestos en parejas, a los dos lados del puente, que nos miran cuando pasamos…La leyenda cuenta que si tocas su pecho o lomo con una caricia, te beneficiarás de su protección en el amor y la buena suerte».
Toqué cariñosamente a dos parejas de «seres alados», una a cada lado del puente, por si acaso. El breve trayecto hasta el Teatro Arriaga, donde me despido, me hizo pensar en el viaje novedoso, distinto de hoy, el descubrimiento de una nueva cara de Bilbao. Buena suerte. Creo.