UN VIAJE NATURAL
En los palcos de la berrea
En el amanecer de septiembre el bosque esconde a los guerreros; allá, bajo el ala frondosa de robles y hayas, se cuece una de las liturgias más bellas que la naturaleza acierta a ofrecer, periódicamente, cada otoño, cuando las hojas de las masas caducifolias tornan a ocres. La berrea es un episodio propio de reseña naturalista, un patrimonio de la esencia de la vida, un canto que emerge etéreo entre las brumas matinales o el ocaso rojizo de septiembre.
La berrea se resuelve con una lucha encarnizada por el control de una estirpe, por un campeonato por eliminación natural en el que sobrevive y gana el mejor, en la antesala de una subasta de genes que deben mejorar la siguiente generación de cervatillos, venados, la población de bóvidos más notoria entre la que puebla los bosques al norte de la provincia. Antes de ese mano a mano, ese pulso de cornamentas y cerviz, entra en danza la sonata otoñal más bella. Una referencia para entender el mundo animal tan jugosa para la difusión de la vida natural como las costumbres de los rebaños de ñus entre cocodrilos por el paso del Mara, los ánades en formación hacia el norte de Europa, la inmersión de las ballenas en el Pacífico norte o las codornices apostadas ante el estrecho de Gibraltar en la última luna de agosto. Así se matiza la aportación de los machos de cérvidos al entorno en el que viven; bramidos que multiplica el eco en las paredes de los valles mientras su rivales se encogen atemorizados ante el poder que exhala el semental con la manada de hembras a la espera de engendrar la prolongación de la especie.
Todo el entorno es testigo de esta fiebre que asalta a los venados en época de reproducción, cuando viven al borde con las hormonas agitadas y berrean para retar al macho que ose a cruzar la línea roja del territorio que dominan. Cuando prueben la cornamenta que afilan desde primavera para ponerla a punto en este momento crucial de sus vidas habrán marcado las entradas a su paraíso a base de mondar los árboles, fabricado barro enfangado con orina con el que señalan los límites de su imperio, y recorridos cientos de kilómetros en una guardia imaginaria con la que evitarán que ningún otro pretendiente del harem se atreva a destronarlos del privilegio. El furor hormonal de los grandes venados en las áreas más septeptrionales de León ya ha despertado a la oferta de este pack natural que estacionalmente se sucede en sus montes y comenzado a hacer de los bramidos un reclamo para el turismo.
Un amanecer en el alto de Pandetrave, cuando la lluvia alivie el calor del monte arrugado por la sequía o las noches devuelvan el ambiente frío, puede dejar absorto al viajero, que deberá de llegar al lugar antes de que el primer rayo de luz despeje del campo de batalla. Ese valle que da entrada a Picos de Europa es uno de los auditorios al aire libre más solícitos para ofrecer este concierto de impulsos sexuales y dominio del territorio en septiembre y las primeras semanas de octubre. En los abesedos que cuelgan entre Santa Marina del Rey y Posada de Valdeón se esconde otro de los lugares adecuados para regalarse una mañana cerca de cérvidos desatados en la protección de su manada de hembras. Panderrueda arriba se encontrará la misma sensación de paraíso natural acompañado de los berridos de los venados; el mirador de Valdeón, el mirador de Piedrasitas, los anclajes más altos de Valdeburón, en la vertiente sur, las área de influencia de las tierras de la Reina, las laderas del Pando, donde se entremezclan aclaradas de montes espesos de hayas y coníferas y pastizales agotados por rebaños vacunos y lanares.
Bramidos que en el ambiente suenan a orquesta de viento y cuerda, con los venados ciegos por la sangre.