La diagonal de Los Oteros
Los Oteros ofrece otro motivo para navegantes de la tierra adentro de León. Una diagonal de Matanza a Matadeón que en menos de una docena de kilómetros condensa 15.000 hectáreas
Un tramo de la carretera de Matadeón a Matanza
Ahora es buen momento para que el viajero ponga rumbo a los Oteros. Ahora que sale a flote la sementera de otoño, y las olas de los ribazos van y vienen con la mar en calma de esta tierra adentro de León, corazón y cabeza, con sus techos y sus cumbres, sus retiros para poetas dispersos, su oferta de reconciliación para los anacoretas rebotados con el mundo. A Los Oteros conviene ir con el billete de vuelta abierto, si acaso se cruza un fenómeno de esos sin identificar que suela asaltar en los parajes del realismo fantástico leonés sin clasificar, imposible de descifrar para los mejores ufólogos. Ese engañapastores que ahueca la pluma para que la niebla no le llegue al alma del retiro invernal, asentado en una señal redonda, donde espera paciente a que un rayo de sol cale al fin de capa de nebulosa de enero y le meta un lametazo a la piruleta que esa misma mañana eligió para endulzar el amanecer. Nadie dijo que León era fácil. Tampoco para los pájaros que en contra de su apariencia de rapaces en el catálogo del reino de la avifauna son gaviotas en estos mares del sur, martines pescadores de secuencias de faenas de bajura, cuando los tractores son barcas y las gradas y arados, red de arrastre para el maná del pescado que emerge a la superficie; igual que la sementera de otoño, el grano que murió en el surco o en la alternativa de la siembra directa, que agita con tacto el momento emocionante del alumbramiento, el episodio de otra vida que germina, en el ciclo renovado de la vida. A esa hora del mediodía del solsticio que le empieza a brotar el acné camino de hacerse un mocetón en el equinoccio, el viajero ya sabrá que Los Oteros esconden algo más que la planicie con la que disimulan como una porción de tierra del montón. El escudo de adobe y tesos, chopos solitarios como monjes del medievo, certifica que hay paraíso al otro lado de la cortina parda que se funde con el horizonte, hasta el punto de no saber a veces si va del suelo al cielo, o viceversa. A ver qué piensa el viajero, que decida qué, cuando acceda a la autopista de una docena de kilómetros, por redondear, que abrió el hombre en canal entre dos órganos vitales soteranos, de ese León que no tendría dudas de dónde refugiarse si llegara a perder el sentido. La Matadeón-Matanza, la Matanza-Matadeón, una basilar si se tratara de atender al cerebro, una femoral para abrochar la corriente sanguínea por las extremidades, una carótida si fuera preciso justificar el color de los mofletes. La bisectriz de Los Oteros es una diagonal, un radio, un ecuador en mitad de un territorio construido a base de referentes flexibles, igual que la luz del alba mientras el planeta gira para iluminar toda la estancia. Es asfalto es de paquete, con ese tono de modernidad que concede el aglomerado de tonos antracitas a las rutas célebres con las que se atreven los hombres; igual que las carreteras míticas del Tour, igual que las rectas infinitas de Indianápolis, lo mismo que las rutas de Arizona que nunca acaban. Ese es el cuadro que se refleja en el iris de los galgos, en la genética qu empuja al corredor de fondo, que jamás se niega en dar alcance en una carrera a lo que tiene delante de la vista; hasta donde llegue. El viajero en Los Oteros, en esa Matadeón-Matanza es un galgo en potencia mientras escudriña todo lo que le sale al paso ante el ángulo de visión del desplazamiento más emocionantes en medio de la naturaleza que se puede hacer hoy en día en la provincia leonesa. Tan meticuloso es el trazado, que llega a parecer que la campiña se dispuso a gusto del visitante, para que no le faltara aliciente a esta opción ociosa de dejar vagar la mente atrapada en los oteros que dan nombre a la comarca. No olvida el viajero que está en una tierra de luz, con lo que es posible que los contrastes terminen por encender escenas imaginarias que sólo son posibles en medio de ese marco, cuando los tomillares peinan la cresta de las quinatanas y algunos arbustos perecederos se resisten a mondar la tierra en la que hacen pie. Estrenada la ruta, el viajero se dará preso ante la diversidad del paisaje, que parece monótono y discurre entre una sarta de alternativas poderosas según decidió la mano del hombre, entre cultivos y tierras de retirada, los mechones que moldean en hilera los juncos de los puntidos húmedos, allí donde en verano se convocaba el reino animal para echar un trago y abrevar las tardes sedientas de agosto. Cualquier lugareño ofrecerá detalles bien concretos sobre hacerse el encontradizo con la estancia en la que pasan la mañana las avutardas, reinas indiscutibles de un espacio de concierto en el que el creador se dejó lo mejor con vistas al mediodía. De lejos, llega el eco de carreteras saturadas por unas prisas que no caben en Los Oteros, con todo lo que cabe en esa horma a lo largo y a lo ancho, que viene a resumir y concentrar en esencia un paseo por una carretera que permite en menos de doce kilómetros condensar un espacio de más de 15.000 hectáreas.