Se oye la voz del César
Rumbo a Fucochico, el viajero aprecia la razón por la que los romanos se pusieron tan cargantes con el Teleno; no es el oro que se llevaron, es lo que quedó sobre la alfombra
L. urdiales
Hay un punto de la marcha en la que el viajero comprende la razón por la que los romanos se pusieron tan cargantes con el Teleno, tan escrupulosos. Lo raro es que hubieran tenido la voluntad de replegarse. El viajero comienza a sospechar que la retirada no fue voluntaria, porque hay que ser torpe para dejar ese espacio; tenían los romanos una pinta loca de tipos listos, como demostraron con habilidad relojera para sacar el río de sus casillas, pastorear el cauce y echar abajo una montaña. Ruina montiun, se llamó la patente con la que hicieron las delicias de los orfebres y maestros joyeros del imperio, mientras separaban el grano de la paja, la arcilla del oro, y ahondaban allí donde estos bárbaros que nos precedieron no habían reparado en más allá de la manzanilla en primavera y las frutas de pepita en los sanmigueles. El viajero acaba convencido de que tuvo que ser a mandobles, porque los romanos no eran de dar pasos atrás, y más cuando al dar el paso metían la pierna hasta los corvejones. Mira el viajero al remontar del Duerna a las lomas maragatas, ahí, en mitad del paraíso llamado municipio de Luyego, en la conjunción copulativa más productiva, menos agresiva, de cuantas han gestionado gestaciones en la provincia, cuando deja atrás el manto frondoso de Priaranza y Tabuyo, y decide como un patricio romano. Me quedo. Y acomoda la vista según la inspiración de los actos reflejos: quedarse donde la mirada está conforme con el ritmo de respiración. Luego, tratará de gestionar la euforia que menea el Teleno, centro de todos los focos mientras el forastero comienza revolotear el entorno. El colmo del camino hacia el ocaso tras las cumbres del Teleno es toparse con el hueco de Fucochico. Mira, como los romanos, podrá presumir el viajero cuando aporte detalles de esta escapada inspirada en las señales de los cirros y las nieblas rastreras del atardecer. Ruina montiun, se lee entre las señales de esa depresión en forma de valle alto, con sus quebradas y sus pastizales vírgenes, a pesar de los venados y otras razas de ungulados, que se mueven como peces en el agua en ese ecosistema montaraz que les han custodiado los lugareños desde tiempo inmemorial. Incluidos los romanos, que se dedicaron a moldear los vértices con destreza de los artesanos la masa de harina y levadura antes de meterla al horno. El caso es que levantaron el río, el agua, y adaptaron el paisaje a la voluntad del minero. Los romanos movieron un material equivalente en volumen a 13 millones de metros cúbicos, que en báscula aportó en canal un peso de 26 millones de toneladas. Los romanos, gente hábil, dejaron el entorno plagado de pistas por si alguien llegaba después en condiciones de repetir la gesta de ingeniería, que no parece que lesionara el entorno como para emitir una declaración de impacto ambiental en diferido. No va a pensar en ello el viajero, ni en el destajo administrativo que sería capaz de desencadenar si pasara por ventanilla un solicitante del imperio con la solicitud para bajar unos metros la talla de nivel a uno de los escoltas del Teleno, en ese balcón privilegiado que tiene los maragatos del oeste cuando se asoman al valle alto del Duerna, en medio de un paraje sin par distinguido en el registro catastral con la toponimia fascinante de Somoza. Al viajero le urge el consejo de las vistas, mientras babea ante el hueco de la tocata y fuga del oro en Fucochico, y siente la llamada de seguir ladera arriba, como los romanos, en busca del agua, en busca del oro, en busca de los horizontes, en una sucesión interminable de quebradas en las que se puede extender el billete hasta Lucillo, la rampa en caída libre a Filiel, o echar la siesta de la curiosidad en Peña Fadiel. No hay nada como ese viaje para tomar perspectiva; a mil metros de altitud la referencia del mundo resulta fantástica, sobre todo cuando enfrente hay una línea continua de dos mil metros de altitud. Dos mil, y 188. Como los romanos. Era el tiempo de traer, pillar y llevar. Ese olfato descomunal de pointer que tenía el viejo imperio para localizar el oro como que si tratara con trufas contribuyó a darle otro tono más pausado a la zona. Sin impacto ambiental, lamentaría un funcionario que se diera de bruces ahora con esta disciplina de extraer y disimular una obra de arte. En la Somoza que sacudieron los romanos para sacar el oro de debajo de las alfombras se puede escuchar a media tarde el silbido de las águilas que supervisan los campos de batallas que permanecieron en pie, como que reencarnaran al mismo Augusto, en aquella molestia de los césares de aniquilar los últimos reductos de los astures. Silba el viento en esa esquina de la maragatería donde el territorio se empieza a marcar con el azul chillón de los cargaderos de las ventanas y los postigos, otra parte de las reservas de oro que no pudieron llevarse las centurias que apretaban a los esclavos que hicieron prisioneros para escribir una historia inolvidable de León. Basta con llegar a Fucochico para recordarla.