Donde aún manda la fauna

León es territorio de oso pardo y lobo, pero también de rebecos, corzos, ciervos, jabalíes, nutrias, tejones, gatos monteses, martas y pequeños mamíferos que rara vez ocupan titulares

j. l. cerejido

Creado:

Actualizado:

cristina fanjul

En un bosque del Alto Sil, en un valle de Ancares, en las laderas de Babia o en las gargantas de la Cabrera, León recupera una escala distinta y la fauna vuelve a ocupar el lugar que durante siglos compartió con el hombre. Un oso puede recorrer durante la noche varios kilómetros sin que nadie lo vea. Un lobo puede atravesar una sierra siguiendo el rastro de un corzo. Sobre las paredes calizas de Picos de Europa, un águila real aprovecha las corrientes de aire para ganar altura. En los bosques del Bierzo y Laciana todavía resiste el urogallo, una de las aves más amenazadas de la cordillera. En los ríos, la nutria continúa utilizando los corredores fluviales que atraviesan la provincia. Y en los campos del sur, lejos de la imagen que suele asociarse a la montaña leonesa, sobrevive otra fauna, más discreta y cada vez más vulnerable, ligada a los cultivos, los barbechos y las lindes.

La provincia reúne en pocos cientos de kilómetros una parte sustancial de los ambientes del noroeste peninsular. La Cordillera Cantábrica introduce el mundo atlántico; los Montes de León y la Cabrera crean una transición hacia ambientes más secos; los grandes valles fluviales conectan ambos espacios; y al sur, las llanuras agrícolas construyen un paisaje abierto donde las especies han tenido que adaptarse a una presencia humana mucho más intensa.

El oso pardo es quizá el animal que mejor resume el valor de las montañas leonesas. Su presencia en Ancares, Alto Sil, Laciana, Babia y Picos de Europa es el resultado de décadas de protección después de que la población cantábrica llegara a una situación crítica. Hoy la historia es diferente. El oso ha comenzado a recuperar territorios y a utilizar zonas que durante años habían quedado fuera de sus áreas habituales. La recuperación, sin embargo, no significa que el problema esté resuelto. Una población pequeña sigue siendo vulnerable y necesita que los territorios permanezcan conectados.

Por eso los corredores son tan importantes. El oso no entiende de límites municipales ni de espacios protegidos. Necesita desplazarse entre zonas de alimentación, refugio y reproducción. Allí donde una carretera, una explotación o una transformación del territorio rompe esa continuidad, el problema deja de ser local y afecta al conjunto de la población.

Con el lobo sucede algo diferente. Su presencia no suscita únicamente admiración. También provoca conflicto. León es uno de los territorios históricos del lobo ibérico y mantiene una población estrechamente relacionada con la abundancia de ungulados silvestres. Corzos, ciervos, jabalíes y, en las zonas más altas, rebecos, forman parte de un sistema en el que el gran depredador cumple una función ecológica que no puede separarse de la realidad económica de los pueblos.

Si el oso representa la recuperación, el urogallo representa la fragilidad. Pocas especies permiten comprender mejor hasta qué punto la supervivencia de un animal depende de detalles aparentemente insignificantes. El urogallo necesita bosques concretos, con una determinada estructura, disponibilidad de alimento y zonas adecuadas para reproducirse. No basta con que exista un bosque. Por eso su declive ha obligado a estudiar no solamente los ejemplares que quedan, sino también el estado de los hábitats en los que sobreviven. Alto Sil, Omaña, Ancares y Picos de Europa forman parte de las áreas leonesas en las que se ha realizado seguimiento de la especie. La conservación incluye trabajos forestales y actuaciones destinadas a mejorar las condiciones del bosque. En Laciana existe además un centro dedicado al urogallo que lleva años desarrollando labores de divulgación y conservación.

Las paredes de la montaña, las hoces y los cortados proporcionan lugares de cría para algunas de las grandes rapaces ibéricas. Águilas reales, halcones peregrinos, águilas culebreras, águilas calzadas, azores, gavilanes y alimoches forman parte de una comunidad mucho más amplia.

En Cabrera, por ejemplo, la variedad es especialmente notable. La Reserva Ornitológica de Valdavido, impulsada por SEO/BirdLife, ha permitido documentar una comunidad de aves en la que aparecen águila real, halcón peregrino, águila calzada, culebrera europea, azor, gavilán y alcotán, entre otras especies. Una montaña que puede mantener una población de grandes rapaces necesita disponer de presas, bosques, matorrales, cortados y espacios abiertos. Cada elemento cumple una función. La desaparición de uno puede terminar afectando a todos los demás.

En los bosques viven pequeños carnívoros como la marta, el tejón o el gato montés. En los cursos de agua aparece la nutria. Entre los matorrales se mueven reptiles y pequeños mamíferos. En las charcas y arroyos sobreviven anfibios cuya presencia depende de una calidad del agua que muchas veces pasa desapercibida.

Y después están los insectos, probablemente los grandes olvidados de cualquier inventario de fauna. Sin embargo, buena parte del funcionamiento de estos ecosistemas depende de ellos. Polinizan, descomponen materia orgánica, sirven de alimento a las aves y participan en cadenas tróficas que terminan alcanzando a los grandes depredadores.

Cuando desaparece un insecto, rara vez aparece en las noticias. Cuando comienzan a desaparecer muchos, el paisaje empieza a cambiar.

La red fluvial es otro de los grandes patrimonios naturales de León. Los ríos nacen en la montaña y descienden hacia las vegas, atravesando bosques, prados, pueblos y cultivos. Sil, Esla, Porma, Curueño, Torío, Bernesga, Órbigo, Cabrera y sus afluentes constituyen una red de corredores que permite la circulación de especies y mantiene ecosistemas propios.

En algunos de ellos la presencia de la nutria es uno de los indicadores más visibles de la calidad ambiental. Pero los ríos son mucho más que eso. Son lugares de reproducción, alimentación y refugio para numerosas especies. También son vías naturales que conectan poblaciones aisladas.

Cuando se degrada un río no desaparece solamente un curso de agua. Se rompe una pieza de la estructura ecológica de la provincia. La imagen de León como territorio exclusivamente montañoso oculta buena parte de su riqueza. Al sur de la provincia el paisaje cambia. Las grandes montañas desaparecen y aparecen llanuras agrícolas, páramos y extensiones cerealistas. Allí la fauna es diferente. Las aves de espacios abiertos encuentran en este territorio su último refugio frente a una transformación profunda del campo. Perdices, rapaces y otras especies ligadas a cultivos, barbechos y lindes dependen de un paisaje agrícola que conserve cierta diversidad.

Cargando contenidos...

Una tierra de cultivo puede ser un desierto biológico o un ecosistema extraordinariamente rico. La diferencia puede estar en unos pocos metros de vegetación natural entre dos parcelas, en la existencia de un barbecho, en una ribera conservada o en una linde que no haya sido eliminada.