Verano a la sombra del Silo

En los silos, agosto eran panzadas de grano en un tiempo lustroso de León; se fue el instante de abundancia y queda el espacio que custodian como atalayas, impasibles al acoso.

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L. urdiales

Ahora que se va a desplomar la luna en creciente sobre los tejados del sur de León, donde es impensable una cita para el catálogo turista, el viajero se anima a meter el fin del verano en la carpeta del capricho. El viajero improvisa, y busca la primera salida de las nacionales que apuntan al límite, mitad tierra, mitad océano, donde no suele llegar jamás el horizonte. Se sabe que es el lugar apuntado a lápiz entre las estrellas, porque hay tres perfiles; el del maíz, el de los chopos y el de los silos, las últimas fortalezas en una tierra que trataron de vaciar a base de pasaportar gente a los trenes sin billete de vuelta. Craso error. La tierra es fuerte como sus gentes, y aguantó la embestida de la estrategia de la extracción con la táctica del junco que se agarra a la sombra que le precede. De sombras saben los silos, los silos del sur de León, del lugar en el que León pierde el nombre, el DNI y hasta el ADN difuminados por una estepa que estalla como tundra a partir de setiembre, mientras el corte a cepillo del cereal deja de peinar con raya al medio entre la paja recogida, las viñas en espaldera salpican verde a punto del contagio del cobrizo y las golondrinas se dan las últimas carreras entre las calles de los pueblos en los que sortearon la última generación. León apunta al sur ahora que se pone el sol de agosto, y el viajero echa en falta una dosis de paz mientras descansa la vista a través de las costanas. Hay lugares del sur de León con empaque para estar colocados entre las siete maravillas naturales del mundo, y no presenta ni candidatura al podio por ese temple de los leoneses de ser reservados y discretos con el éxito. El León que se avista entre silos, los últimos vigías de un reino en el que pastaron los rebaños del emperador, ofrece un escenario para la interpretación de una obra sobrenatural; el atardecer entre bandadas de tordos en retirada, aluvión de palomas a los montones de grano en las eras que antes alfombraban las trillas, los grajos solitarios que patrullan un territorio en el que las rubianas anuncian el cambio de tiempos hasta con tres o cuatro días de antelación, en ese resplandor que deja el sol cuando se sofoca en mitad del Atlántico y comparte el privilegio de verlo desde ciertos balcones de tierra adentro. El León de los silos de imaginaria, por ejemplo. El viajero ya está calado hasta el tuétano de esa manera del rellano de despedirse del verano como en la fiesta de homenaje al hijo emigrante seguro de volver a la tierra de los padres, y pone la música de fondo de los ocasos calado de silencio. A veces, rotos por un tren que cruza el diagonal los páramos, a veces por los camiones de las dos autovías que triangulan el territorio mientras los pájaros ya están en los dormideros. Va a llover en el sur, advierte la sabiduría popular cuando se deja oír el zumbido del ferrocarril desde más allá de los ribones que dan la espalda del poniente a Valmadrigal, y los Oteros se solazan con el último rayo del día que a esa hora del repliegue de las tardes de agosto no deja de ser un farol en la contienda. El viajero ve inevitable la fusión del verano con septiembre, que aún no es otoño, y se deja llevar por la tendencia de abandonar los picos y los riscos, las riberas altas, los valles de cabecera, y volver sobre los pasos que anuncian la coreografía de claqué que ordena el cambio de tiempo, las aves por sus surcos, las fieras de regreso a la cueva a la intemperie que tienen en los balsares de los ríos. Para no perderse en el trayecto, están las señales que emiten los silos, hieráticos desde que se zampaban la cosecha de un verano como si se tratara de la panera de un siglo, hasta rebosar en los aleros que anidaban los vencejos. Ese es el mundo que trazan los silos de León en un tiralíneas estratégico de la posición cerealista de una provincia que cedió espacio a otros cultivos y a un cambio de piel, al que comienza a acariciar el fin del verano con el cariño con el que las brujas con castillo atusaban a sus gatos. Está el silo, solo, el que emplearon las cigüeñas desde invierno para sacar la nueva hornada de polluelos, como un gigantesco rascacielo repleto de apartamentos de zancudas que hicieron de cada saliente un residencial. Está el color crema de sus muros que distingue la atalaya con el empaque de las chimeneas de un barco de vapor, de un barrio céntrico de Moscú a las afueras de la estepa de León, con la solvencia de una fortaleza inasequible al desaliento. El país de los silos leoneses desmonta el mito de los lugares soñados que jamás se hacían realidad. Entre silos anda el juego, los que atesoraban el grano, que el pan nuestro de cada día, el salmo de acción de gracias por otro estío que está a punto de entregar los talentos que se le dieron al iniciar el ciclo después de cumplir con creces con el cometido asignado. A esta hora de agosto, el día se despide entre sombras alargadas de los silos que cubren el tres en raya del dodecaedro desordenado del fondo de armario de León, donde León pierde su sagrado nombre, donde se vela por la esencia de esta tierra como en ningún otro lugar.

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