La flor que se come la merienda

Seis pétalos son más poderosos que la sombra de un nogal; el viajero acude al epílogo del verano en praderas que no soportaron agosto y subsisten con las quitameriendas

Flores de quitameriendasDL

Publicado por
L. Urdiales
León

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Tiene hojas basales, lineales, acanaladas y glabras, en términos científicos recogidos por un cuaderno de campo de un botánico; es un geófito bulboso que saca las hojas en otoño, tras la floración, y las mantiene verdes hasta la primavera; luego en verano, las hojas desaparecen y no están disponibles. Si se tratara de un acertijo, la quitamerienda, podía responder cualquier guaje avispado de aquellos tiempos en los que la chavalería pisaba y campaba por ese espacio que cubre de la ladera de la cordillera hasta bien entrada la ribera, todo a lo ancho, de este a oeste, en esa tablada de León que lleva por delante masas arboladas, tesos, praderas continentales que se queman en agosto y tiritan en enero. Quitamerienda en toda la línea de flotación, que en la floración lleva el motor que le mueve a cruzar la línea del suelo y tomar el aire, bien morada, que se vea hasta en el picado que lanzan las rapaces para asustar a alguno de los roedores que les sirven de dieta para alcanzar los tiempos de vacas gordas que están por llegar. La quitamerienda, bien lila, para que el entorno que habita por los siglos de los siglos se percate de lo que le viene encima; ese momento fin de verano, hasta cuando el golpe de calor hace impensable otra estancia que no sea la hornija con lumbre y el micro ondas a máxima potencia. Cuando la quitamerienda saca la cabeza por encima del bulbo que le arregla la estancia y le permite replegarse a gusto hasta que pasa la brasa, se acabó el verano; aunque parezca que no a ojos de los mortales que apenas ven más allá de lo que les permite su entendedera limitada por la apariencia del paisaje; hay un secarral, sí, pero en el secarral saca el cuello la quitamerienda, tan violácea, tan nazarena que parece dispuesta a cargar con la cruz de la pesadumbre del mundo al que ha llegado a rescatar y a dar esperanza; el verano ha muerto, podía gritar a los cuatro puntos cardinales, sin riesgo a confundirse un ápice de la previsión estacional que facilita gratis, con su mera presencia; el que quiera entender, que entienda. La quitamerienda resta más vida y luz a un día que el cambio horario cuando retrasa las manecillas del relón para gloria de los viajeros que antaño pillaba en el tren y que reducían una hora el trayecto a Barcelona. La quitamerienda es el mantel de la mesa donde se da el homenaje el tiempo que viene a zamparse al estío, al calendario que empieza a mordisquear por agosto, ottro gigante de pie de barro, y cuando llega mediados de septiembre tiene un empacho que no es capaz de corregir ni con todos los alcaloides que ofrece esta plantita con pétalos delicados y maneras de lirio, un demonio al que no le hinca el diente ni un hervíboro esfamiado por el rigor que liquida la estación de la alegría en la realidad del fin de la felicidad que promete cada verano. Esto se acabó, viene a sentenciar la quitamerienda, que aparece esquinada en un relieve como que no quiere la cosa y , en poco más de dos días, motea una emina de terreno a la redonda. La quitamerienda es una plaga que avanza en solitario, una planta, un paso para el caminante, y así hasta completar el campo de minas con el que dinamita el verano, que es a lo que vino, por si el viajero que busca esa tierra media de León donde se hace poderosa no se ha percatado de que puede calbalgar un paisaje que es un caballo de Troya enterrado a dos dedos bajo tierra. A esa altura de la observación del prao esturado, el caminante, que es el viajero, ya tiene detalles objetivos para suponer que la próxima vez que aborde el escenario no quedarán ni cenizas de este estiaje que ahora aún ve mientras la naturaleza presenta armas para el siguiente ciclo; igual no hay más que silencio, si acaso roto por alguna pega curiosa que se interesa por el forastero; o, igual, algún venado que hace gárgaras con el fin de tener la voz a tope en la berrea que le ha metido en la sangre el destino. El caso es que hay pocos días al año para ese contraste, esa paradoja, ese ohh que arranca la acuarela de suelo seco y florecitas moradas; la otra cara que ofrece abril, con la alfombra verde que motea el amarillo de las campanillas. El fin del invierno, el fin del verano, en el mismo punto candente al que el viajero llega porque escuchó campanas sin saber dónde, tal vez de los rebaños que dejaban el eco de las cencerras de la trashumancia en las veredas que llenaron de simiente con las pezuñas que el creador diseñó con el fin de que llevaran la buena nueva a todos los territorios que pisan. La cosa es que la quitamerienda se llama espachapastores en las sierras de La Rioja, espantavaqueiros en Asturias, lirios de otoño en Badajoz berenditas en Monfragüe. Las quitameriendas inventaron una forma de alistar a los soldados que se bajan en marcha del tren veraniego antes de que sea tarde para evitar el desastre. Cada minuto que creció una noche, fue aliento para la esta flor endeble que no se arredra en un entorno en el que todo le es hostil para su cutis delicado: el solazo, las pezuñas, la quijada de las yeguas que aran, pero no tocan un pelo de los seis pétalos.

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