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Desde que lo leí, no se me ha ido el escalofrío. Aviso a los lectores impresionables que la columna tiene hoy su punto ducha de  Psicosis . «No será para tanto, Aguirre, además en mi casa matábamos el gocho», dirá mi recio lector. Ya, pero comparado con esto que les voy a contar aquello suyo era película de Disney. Aún sigo con la piel de gallina, por más que froto. Y con los pelos de punta, mira que peino. «Cuéntelo ya, alma sensible», se me estará apremiando. Vale, pero lean sentados. Me obsequian el libro  Viaje por orden del Rey Don Felipe II a los reinos de Castilla, León, Galicia y Principiado de Asturias,  del cordobés Ambrosio de Morales, obra del siglo XVI recuperada por el padre Flórez. «Qué bien, una lectura relajante», me dije. Ya, ya. Morales nos cuenta su documentación de reliquias, cuerpos de reyes, libros y manuscritos. Fue editado en 2004, por el Día Internacional del Libro, en pequeño formato y gran parné, a cargo de Gonzalo Santoja para la consejería de Cultura, de la que ahora es el responsable. «¿Y el escalofrío, tan mal escribe Morales?», ironizará el recio lector. No, pluma azoriniana la suya, está en lo que nos cuenta Santoja.

En las vísperas de tomar los hábitos, mientras se afeitaba en su celda, Morales sintió bajo el ombligo «una diabólica tentación». En vez de hacer flexiones, la zanjó con tajo de navaja. Ante el grito y que la sangre llegaba hasta el pasillo, fray Jerónimo corrió a socorrerle y le aplicó un empaste, después le detuvieron con brasas la sangría. ¡Ay!, hubo de gritar Morales. ¡Ay, ay!, grito aún mientras escribo. Triple ay, estará gritando el recio lector al leerme.

En el monasterio, se le invitó a buscarse otra vocación. Las tentaciones no son pecado, si no caes en ella. ¿Por qué cortar por lo sano, por qué acto tan impulsivo en quien como historiador luego sería ejemplo de prudencia? Morales fue cronista real y catedrático de Retórica, visionario del estudio del patrimonio desde fuentes originales. Algo brusco, quizá. Por León y provincia documentó mucho. Se trasladaba en jumento. Burro sobre burro, dicho sea con todo el respeto. Aún me dura el escalofrío. Con maquinilla eléctrica no hubiese llegado la sangre al río, o no toda. Ay.