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La peor cara de la recuperación poblacional del oso pardo. Una frase que a algunos les ha molestado cuando esta misma semana informábamos de un nuevo accidente de tráfico provocado por un oso pardo en la AP-66. Como siempre, viene de esta corriente ecologista que se empeña en poner en la misma balanza a personas y animales, y que ha radicalizado la defensa del medio ambiente hasta rozar la incongruencia.

Un joven ejemplar de oso pardo fallecía esta semana atropellado en la autopista del Huerna, el segundo en este verano en esa misma vía y el tercero en la provincia, ya que en menos de diez días fallecía un osezno entre Guardo y Puente Almuhey.

Como coletilla de la información se decía que estos cada vez más frecuentes y preocupantes accidentes se deben a la cada vez más creciente población de osos, una especie que allá por los años 80 estuvo al borde de la desaparición por lo que fue declarada en peligro de extinción, catalogación que aún mantiene. Ha sido espectacular el trabajo realizado por administraciones y entidades como la Fundación Oso Pardo (FOP) o el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas) que ha permitido la recuperación de esta emblemática especie por toda la Cordillera Cantábrica. La proliferación de la especie, y con ella la movilidad de sus ejemplares en la búsqueda de alimento o en su esparcimiento natural, provoca lo que se viene a llamar conflictos con el ser humano, como es el caso de estos accidentes de tráfico de los que no tiene la culpa ni el oso que se mueve libremente y que se ve limitado por las infraestructuras viarias ni las personas que se desplazan, también libremente por las carreteras, para ir de vacaciones, para ir a trabajar para lo que les de la gana. Para esa corriente ecologista extrema estos accidentes no es por el incremento poblacional del oso si no por «el incremento de la movilidad en vehículos privados, del turismo rodado y de desplazamientos en todo el norte, que está mostrando este verano su peor cara». No malgastemos el tiempo en echar la culpa ni a los osos ni a los conductores de una cosa que es responsabilidad de las administraciones públicas que son las que deben garantizar la seguridad viaria de autopistas, autovía y carreteras, y que se deben adaptar a las nuevas exigencias que presenta la expansión del oso pardo con una perimetración adecuada y vallados a la altura.