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No se puede medir todo lo que perdió León al ceder el mayorazgo al primogénito en vez de premiar a los más fuertes. Qué enorme error. El territorio tiene dos estaciones: la sequía y las inundaciones. También es el viento, y las alimañas, que quieren aniquilarte. El territorio leonés jamás juzgó nunca su progreso por la dimensión de sus ciudades; calibramos el desarrollo por el impacto que ejercen las urbes, grandes o pequeñas, aldeas y cabeceras de comarcas, en la población, en las tierras que las rodean, las tierras que les proporcionan alimentos, el agua, la tierra que nutre las almas. Puede que sea de ese plasma la sangre con la que se escribieron los Decreta. El derecho de conservar tierra, y la propiedad, sobre el capricho público. Hasta que llegó Europa, y el ejército de funcionarios y sueldos cómplices de la sed de los mastodontes que se arrogan el derecho de liquidar en nombre de su propio interés. Por orden de la condesa de Bruselas, que a su vez es el conde de París, el duque de Berlín; el principito de Tetuán (pijerío madrileño), donde los problemas de Omaña, u otras Montanas leonesas, importan tres cojones. Tres cojones es una expresión vulgar, que está en las antípodas de la familia semántica que se aborda con un cojón menos en liza. Otra expresión grosera, apropiada a la obligación de resistencia del votante al que esa élite chupa el tuétano de los huesos sin reparo. La resistencia está en la orilla de los empobrecidos. No hay nada en los programas electorales sobre proteger a la familia y a otras familias; ni políticos dispuestos a parar la hemorragia de recursos de León a otros territorios; ni políticos frente al significado de este cambio impuesto al que someten sin descanso desde el primer día que pusieron la excusa de la directiva europea. Hoy, idealista es el político que ha puesto el pie en la puerta; el pie en pared. El PP vuelve a la misma piedra; le acaba de dar la manija básica de la agenda 2030 a una empresa que controla el PSOE. Que Dios pille confesados este 2025 a los desheredados leoneses. Que se agarren a la súplica: oh, Señor, envíanos la lluvia. Nosotros haremos el resto. Amén.