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Lástima que el anuncio del ministerio de la guerra de la UE para animar a la población a que cuente con un kit de supervivencia haya coincidido con la fecha de caducidad del centro de inmigrantes del antiguo chalé de Pozo. La mochilina con los documentos de identidad, una linterna, un mechero, una navaja, agua, comida, dinero en efectivo, un cargador de móvil, una batería y una radio a pilas les habría servido a las patrullas que se desplegaron por Villarrodrigo desde junio, alimentadas con el discurso gaseado por Vox. Cuántas violaciones no habrán abortado entre las jóvenes de la zona, que podrán volver a escotarse y subir dos palmos la falda ahora. Cuántos robos se evitaron en estos meses en los que se recomendó dar la doble vuelta a la llave por dentro para que no entraran esos negros que iban a andar todo el día por ahí sin hacer nada de provecho. Descansen. Los morenos se irán con su pobreza a otro lado como si no hubiera pasado nada. Ni pasó. El cierre del chalé de Pozo certifica un balance sin las catástrofes auguradas por el discurso xenófobo que los recibió. Nada que apuntar en su historial delictivo, más allá de una pelea entre dos de ellos. No me cuenten al patrón del cayuco en el que falleció un bebé de 14 meses, que se había camuflado en el grupo para salvarse: un verdugo del cual volvieron a ser víctimas porque los convirtió de pronto en delincuentes para empacho de los vendedores de odio. El centro de ayuda humanitaria de emergencia ha servido como laboratorio para espantar prejuicios dentro de un vecindario que, vencidos los recelos, les ha integrado con donaciones y muestras de apoyo. La acogida general deja en evidencia los carteles lamentables de «Extreme la precaución en esta zona» con los que Vox empapeló las calles. Que sí, que me los lleve yo para mi casa y toda esa propaganda racista de mierda. La batalla, en la que el Gobierno seudoprogresista de Sánchez se apoya en los supremacistas de extrema derecha de Junts para repudiar a los inmigrantes, se arma ahora con el bulo de la ministra Elma Saiz, quien afirmó que, al igual que obligan a aprender catalán en Cataluña, la Junta valora que hablen lleunés para el arraigo de migrantes. Probines. No son ellos. El peligro somos nosotros.