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Es triste reconocerlo, pero la ilusión con que muchos seguimos la recuperación de las libertades que tanto estábamos deseando durante aquella transición democrática, allá por los años setenta, se ha venido frustrando en esta década de los dos mil veinte. A lo largo de cuarenta años nuestro país no sólo nos proporcionó una estabilidad excepcional hasta el extremo de provocar envidia entre los habitantes de otras dictaduras, como las comunistas del Este o las militares de Latinoamérica, que no conseguían lograr una Constitución y un sistema político y social tan completo como el de España.

Intentando explicar esta desestabilización de una sociedad modélica y el abandono de proyectos de unidad y desarrollo para centrarse sólo en conservar el poder con el rechazo incluso de la independencia de la Justicia y del respeto a las diferencias de opinión entre los ciudadanos, incluidas los de los socios del Gobierno. La ambición de perpetuarse en el cargo del presidente Pedro Sánchez —derrotado de forma reiterada en las urnas y cámaras parlamentarias e imposibilitado de salir a la calle por miedo a ser abucheado— que para conseguirlo incluso contribuye a la desintegración territorial. No es sólo dentro de España donde afecta este desastre institucional. La imagen del país fuera se ha deteriorado, y la influencia internacional conseguida unas décadas atrás, perdida. Las decisiones impulsivas, de consecuencias diplomáticas y económicas, muchas al margen de la OTAN o la Unión Europea, han convertido a España en un miembro imprevisiblemente díscolo y conflictivo. Hay ejemplos constantes de que Sánchez, que promete y miente siempre, ha deteriorado el respeto internacional. Ante la imposibilidad de conseguir la aprobación de los presupuestos generales y la promesa de cumplir la contribución al rearme europeo, tan necesario en las actuales circunstancias, el Presidente planteó astutamente que la UE asuma esa inversión con un crédito comunitario lo cual comprometería a todos los miembros y a él le pondría a salvo de la oposición entre sus aliados radicales al aumento de la inversión militar. Pero la propuesta enseguida fue rechazada por líderes como Friedrich Merz, nuevo canciller alemán que lo anunció nada más asumir el cargo. España ha derrochado la buena imagen internacional —que se conserva gracias a la simpatía que despiertan los reyes Felipe y Letizia—, mientras la política y la diplomacia se hunden. España ya no cuenta como cuarta potencia europea Estos días Merz, Macron y Tusk, líderes de Alemania, Francia y Polonia, a los que se sumó el británico Starmer, pactaron presionar juntos presionar a Putin para establecer una tregua en la guerra de Ucrania. Con Sánchez ya no se cuenta.