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Decía Hemingway que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar, se ve que la evolución no es la misma en todos los congéneres. Callar no está de moda para unos cuantos, que se hacen oír frente al silencio de una inmensa mayoría en la que por otra parte anidan sensibilidades de todas las tendencias, unidas si acaso por la sensatez y el respeto. El que no tienen quienes en todo evento se desahogan coreando insultos que contaminan el ocio común. Una minoría que ruge porque la mayoría ha aprendido a callar.

Es tal el despropósito que paseando por las calles, acodado en una barra, en la tienda o en la cola del cine, es imposible librarse del pelma que se siente con derecho a vomitarte sus ideas (cuando no directamente su mierda), sermoneando sin contemplaciones con su insufrible perorata a las orejas circundantes.

El silencio no oculta las inmensas decepciones por todo lo que está ocurriendo. Que no sea nuevo y que se espere en el futuro no salva del escalofrío de lo chusco, lo esperpéntico y lo roñoso del paisanaje descubierto. Ni hace confiar en quienes dicen venir con nuevos principios. Sólo braman porque no han tocado pelo de poder suficiente como para ser tentados por los corruptores. Porque no hay rebaño sin oveja negra, por más que la mayoría no lo sea.

Lo único preocupante del despropósito es que parece prender en una juventud aparentemente sensible a los mensajes manipulados. Mas ahí se repite el escenario. Unas bisoñas minorías ruidosas se hacen notar frente a las muchas cabezas que luchan por crecer bien amuebladas, y dejan pasar a la charanga y sus platillos mientras analizan el complejo panorama.

El estruendo no perturba a una mayoría sensata y coherente con sus ideas, sean estas las que sean. Silenciosa, pero que en su momento hablará en las urnas y será la que determine un futuro que ya nunca dejará de ser un imposible encaje de mayorías marcadas por los intereses de minorías tan democráticas como ellas. Será Frankenstein o Mr Potato, ridiculícese como se quiera, pero para siempre diverso y territorializado. Y con esos bueyes hay que arar.

Lo otro es un zumbido tan molesto como irrelevante.