CORNADA DE LOBO
La Carballeda
A base de repicar en toda tele se nos pirograbó en la mente Molezuelas de la Carballeda, zamorano pueblín casi cazurro, ahí donde dolió el fuego más que en ningún otro lugar de España con el quemón más extenso tras apellidarse Jamuz, fuego zamorano-leonés como la raza asnal más burra de todas. Descorazona toda mirada. Kilómetros interminables de sudario negro a uno y otro lado del andar, todo ceniza. Ahí el fuego pudo entretenerse y recrearse por ser monte tupido. Atroz castigo de los dioses y los hombres jugando una partida con la Muerte que tanta vida natural y hasta humana segó.
Fuimos a ver a Gloria en su cocinar de «El Empalme», Rionegro del Puente, y vimos de volver monte a través hacia Nogarejas. Mal postre. La boca nos supo a ceniza y el ojo se carbonizaba a cada paso. Todo era Muerte riéndose del mundo nuestro, hoy ya suyo cantando victoria en puro tizón. Habrá que esperar 60 o 100 años para volver a ver los grandes robles, pinos o encinas que devoró. Habrá urzal no tardando, pero el monte ya sólo será la injertada y rapuchada cabeza de un calvorota volviendo de Turquía. Paisaje mocho en décadas. Monte muerto. Y en lo que ardió, mucha encina primigenia junto a roble carballo también originario (de ahí Carballeda) con bastante castaño disperso y ya leproso que nadie cuida o aprovecha y mucho pinar de repoblación modorra que tanto se alentó en el franquismo y en después, aunque algún pinar llegó a resinero para al fin abandonarse y ser ya sólo retén del fuego. Y cada poco, basura calcinada en las cunetas con mucho cristal-lupa, lata y botella cebando la combustión espontánea que se dio. Lo demás, cobertor espeso, monte bajo, brezal de llama veloz. Adiós, monte, adiós. Y viendo a la puerta del bar de Molezuelas corro de sillas con paisanos, les pedimos dos frases para resumir lo que pasó... y lo que debe pasar. Silencio. Recelo. Sólo uno dijo «pues a saber qué vendrá». Ni pizca de ira vimos. Callaban todos como tragando fatalidad o acazurrando sentencia, a saber. Era gente mayor que no quemó la despoblación. Era sólo resignación pachona. Y así nos ardió también la esperanza.