CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

La ciudad inventada

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Seremos una provincia menguante, pero en la capital ya tenemos implementada la estética de esos lugares diseñados para intercambiar servicios y mercancías, es decir, el semblante de las grandes urbes, aunque carecemos de mercancías que intercambiar y la mayoría de nuestros servicios sean de terraza. Esa operación estética hay que apuntársela sin cortapisas al alcalde Diez, ese hombre que vio antes que nadie que el futuro pasa por la apariencia y que el aspecto hace no sólo al hombre, sino también a la ciudad. Con la modernidad de corral por bandera, ha plantado rotondas y huertos urbanos, desamortizado vías al tráfico y pintado leones en las calzadas, erigido monumentos a señores feudales y juegos infantiles de siete metros. Los dineros de los planes europeos se han gastado —al menos en parte— en el rejuvenecimiento de una urbe bimilenaria que, aunque achacosa, podía vanagloriarse de algo que no tenían otras: una personalidad inconfundible, tal vez hecha de retales de varias centurias, pero que se armonizaban a la perfección entre sí por la continuidad de haber sido espacios vividos por el pueblo. Surgidos de necesidades a las que se les daba solución sin teorías urbanísticas ni planes de ciudad importados. La desaparición de ese carácter igualmente hay que atribuírsela a la gestión de José Antonio Diez asistido por la mucama muda del leonesismo.

La ciudad inventada, esa ciudad peraltada de chino que está surgiendo del «aggiornamiento» o actualización de cuanto habíamos heredado como legado de nuestros antepasados a través de los siglos, complace especialmente a las visitas, que por un instante creen estar en un barrio de Madrid, una taberna sevillana o una terraza neoyorquina: la mar de integradas turísticamente. Por faltar, casi no falta nada, salvo algún rascacielos —ahí Ponferrada estuvo más lista—, para tener un «skyline» cosmopolita en vez de una típica silueta medieval del noroeste español.

Entre las también inventadas ciudades invisibles de Italo Calvino había una, de nombre Aglaura, la cual no parecía haber cambiado mucho, aunque en ella «lo que era excéntrico se había vuelto usual, extrañeza lo que pasaba por norma». Habremos de volver sobre ella, porque nos parece que eso es en esencia lo que nos está sucediendo: el difuminado del sostén de unas virtudes urbanas que estaban al alcance de la mirada y de la vida, las cuales se dejaban contemplar y vivir, y que ya ni con lupa aparecen.