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Existe, sobre nuestra sociedad y sobre los males de toda índole que la lastran, un punto de vista que suele encontrarse infrarrepresentado en el relato que hacemos de ella. Se trata de la percepción que, a pie de obra de sus peores fracturas, y desde el deber imperioso de contribuir, si no a repararlas, sí a que no avancen de forma insoportable, tienen quienes se encargan de velar por el cumplimiento de la ley y de contener, físicamente si hace falta, a sus infractores. Son, por decirlo gráficamente, la ley de carne y hueso; los cuerpos —y las mentes— humanos que se interponen entre la ciudadanía y los delincuentes, y que en esa labor bajan a los más oscuros de nuestros precipicios.

Hablo, como habrá adivinado el lector, de los agentes de los cuerpos policiales; esos que no sólo están ahí para hacer que se cumplan las órdenes de confinamiento en una pandemia o de evacuación ante un temporal, o para multar al que se salta las reglas de tráfico, sino también para esclarecer delitos, dar con sus responsables y ponerlos ante la justicia para que respondan de sus actos en un juicio con pruebas y garantías.

No son pocos los policías que en los últimos años se han lanzado a la creación literaria, de ficción y de no ficción, lo que ofrece a los lectores el acceso al fruto de su experiencia, así como en la espléndida serie estadounidense The Wire se aprecia, y de qué manera, la mano de un expolicía como Ed Burns, uno de sus guionistas.

Si me preguntaran quién es el Ed Burns español, diría que ese lugar lo ocupa por derecho propio el policía —mosso d’Esquadra— y novelista Rafa Melero Rojo, y más tras leer su novela más reciente, Sin indicios criminales. Por su experiencia policial, desde la investigación hasta la seguridad ciudadana, en diversos lugares y niveles de responsabilidad, hasta el presente; pero también, y sobre todo, por su mirada, compasiva y a la vez auténtica, hacia la humanidad, tanto la hiriente como la herida, que queda al descubierto con motivo del hecho delictivo.

Los criminales de esta novela son como los reales: vulgares, crueles y desgraciados. Las víctimas se nos muestran también en todo su desvalimiento, sin esconder el desamparo en que las deja, más a menudo de lo deseable, una justicia trabada que no funciona como debería. Para entender lo que somos, nada como asomarnos a lo que no acertamos a ser. Rafa Melero sabe de esa amarga asignatura como muy pocos, y los lectores tenemos la fortuna de que sepa también contarlo con el pulso de un gran narrador: instruye, conmueve y hace pensar.