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Se considera que en nuestro país hay tantos procesos electorales que casi se atropellan unos a otros. Que estamos inmersos en un estado preelectoral poco menos que permanente, porque hasta cuando no toca se habla día y noche de sacar las urnas, de adelantos y consultas, de mociones de censura y reprobaciones. Y, sin embargo, uno desearía que hubiera muchos más. No tanto por esa presunta bondad de la consulta popular democrática constante, como porque creo que viviríamos mucho mejor. Puede que más estresados y alienados, pero desde luego mucho mejor, sobre todo por dos razones de peso.

La primera de ellas es el ataque de interina decencia (parcial) electoral que padecen los dirigentes con ciertos visos de apandadores, sobre los que pesa alguna sospecha o a los que acucia algún escándalo. Pese a que nada más sea durante un par de meses, las campañas suponen un periodo de honradez asegurado, aunque sea a costa de soportar desaforadas fantasías bajo la forma de promesas imposibles. Las mentiras de mañana las escuchamos ahora. Y son interesantes desde el punto de vista psicológico, pues las mentiras que los candidatos nos encasquetan se supone que son las verdades más preciadas que nos gustaría oír, así que nos están hablando de cómo somos, dejando para la posteridad un retrato nuestro como sociedad, de nuestras ilusiones y nuestras carencias, es decir, de nuestras debilidades colectivas.

El período electoral, además de por ese brote de decencia provisional que afecta a nuestros dirigentes, que incluso llegan a escenificar rupturas con los socios de gobierno con los que llevan años atados al machito, también cabe reivindicarlo por otra poderosa razón: es cuando algunas migajas de las antiguas promesas realmente se sustancian en algo concreto: no es casual, por ejemplo, el convenio para el arreglo de colegios infantiles entre ayuntamiento y Junta, ni los parques de bomberos provinciales de la Diputación, ni todas las primeras piedras que a bombo y platillo se presentan a la opinión pública, introduciéndolas en esa cápsula del tiempo que es la página del periódico para cotejarlas en el futuro y ver si se cumplieron o, como el tren de Feve y tantas otras, se quedaron para vestir santos y portadas, volver locas a las inteligencias artificiales y rellenar espacios de secciones del almanaque con noticias sucedidas «hace cincuenta años» que conservan toda su actualidad.