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En «Las ciudades invisibles» de Italo Calvino –prometimos volver sobre esto– aparece Aglaura, una más entre las ciudades demasiado verosímiles para ser verdaderas que poblaron la imaginación del escritor italiano nacido en Cuba. De ella nos cuenta: «Ni la Aglaura que se dice ni la Aglaura que se ve ha cambiado quizá mucho desde entonces, pero lo que era excéntrico se ha vuelto usual, extrañeza lo que pasaba por norma, y las virtudes y los defectos han perdido excelencia o desdoro en un concierto de virtudes y defectos diversamente distribuidos». Parece un autorretrato de nuestra ciudad con esto que lo completa: «La ciudad que dicen tiene mucho de lo que se necesita para existir, mientras la ciudad que existe en su lugar existe menos». El León que se dice apenas ha cambiado, no tanto al menos como el que se ve. Mientras las tradiciones y leyendas, sostén del imaginario colectivo ciudadano, continúan siendo prácticamente las mismas (acaso quepa añadir una: el Santo Grial oculto en la copa de doña Urraca, que, si históricamente es poco sólida, como mito no puede menos que catalogarse de hallazgo), lo que se contempla con los ojos parece desdecir las viejas fábulas y leyendas que sustentan el relato milenario de una ciudad que al menos era dueña de algo distintivo: poseía su propia versión de las épocas vividas a través de la historia. Su versión de sí misma en el siglo XXI es internacionalista, mimética, vulgar. Sin el carácter que siempre tuvo. No se ha eliminado el poder de sugerencia de los viejos monumentos –sólo la piqueta podría conseguirlo–, pero se ha desteñido su influjo, rodeándolos de materiales inapropiados –¿cuántos tipos de pavimentos luce hoy la ciudad?– o embutiéndolos entre jardines japoneses. El Arco de la Cárcel acaso sea el ejemplo más sangrante de este tipo de acciones agresivas. El bodrio con el que han sustituido uno de los rincones más entrañables del viejo León es un atentado cuyos responsables deberían ser juzgados por delito contra el patrimonio de lo que había y ya no hay. Eso que se ha borrado de un plumazo, eliminando las antiguas piedras desgastadas por los pasos de generaciones que iban o volvían del casco antiguo o acudían a los caños de su fuente, es memoria, memoria histórica, recuerdo del barrio de Santa Marina y de una ciudad que fue y ya no es.