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Los políticos profesionalizados tienen soluciones retóricas para casi todo, muy a menudo mediante la recurrencia al sofisma, pero las soluciones prácticas suelen resultarles más complejas. Una cosa es discursear en abstracto sobre la inmigración, pongamos por caso, y otra muy diferente el gestionar una avalancha migratoria de proporciones inéditas. Ahí ya la retórica como que no. Los ceutíes no solo están padeciendo una crisis de complicado alcance geopolítico y de graves consecuencias humanitarias, sino también una dislocación extrema de la realidad, igual que ocurre en tiempos de guerra o de epidemia. ¿Tienen derecho a la desesperación? Sí. ¿Tiene derecho el resto de los españoles a hacer suya esa desesperación? Pues según y cómo, ¿verdad? Desde luego, la mejor manera no es convocar unas concentraciones «apolíticas» que todo el mundo sabe de antemano que acabarán extremadamente politizadas, hasta el punto de poder sospechar que la solidaridad con Ceuta no pasa de ser un pretexto idóneo para arremeter contra el Gobierno central, cuya cadena de torpezas ante esta crisis ha evidenciado su descoordinación interna y su falta de credibilidad gestora.

Resulta especialmente llamativa y desconcertante la exculpación de Marruecos por parte del presidente del Gobierno, lo que legitima ante algunos las suposiciones conspiranoicas en torno al robo de datos de su teléfono a través del sistema de espionaje Pegasus. Teléfonos y conspiraciones al margen, entiende uno que dicha exculpación se debe a una desesperada maniobra diplomática, pues la diplomacia tiende a sustentarse en la hipocresía, en el cinismo y en los tejemanejes más insólitos, pero nos exige un esfuerzo excesivo de credulidad el relato de que el estamento político y policial de Marruecos no tiene ni idea de los movimientos sociales que se fraguan en Marruecos, a la vez que se nos impone el relato de que la clase política y policial española no sabe lo que pasa o va a pasar dentro de su territorio.

En las concentraciones solidarias con Ceuta se oyeron y se vieron cosas muy preocupantes y muy decepcionantes, fruto de una polarización cada vez más crispada por parte de una ciudadanía que al fin y al cabo no hace más que mimetizar la crispación que le brindan a diario los políticos más mediáticos, porque esa estrategia insensata tiene un efecto bumerán. Algunos alcaldes socialistas se unieron a las concentraciones, lo que podría entenderse como una señal de normalización democrática, aunque al final ocurrió lo previsible: insultos a Pedro Sánchez y a su madre. En otros sitios no sé, pero en mi pueblo se pidió un minuto de silencio por los migrantes muertos en el mar. Voces airadas gritaron que ellos se lo habían buscado y el silencio se convirtió en algarabía. Es decir, que vamos bien. Estupendamente.