Una noria y el Sipam
el espíritu de un pueblo se condensa en un sencillo gesto. Ayer pasé por Villacelama, camino de la Feria del Pimiento Morrón de Fresno de la Vega a Mansilla de las Mulas. Una noria en el centro de una pequeña placita ajardinada captó mi atención desde el coche.
La travesía me dejó una grata impresión en la retina. Casas arregladas en armonía con las tipologías tradicionales. Sé que también tienen un pabellón deportivo de diseño y de lujo. De Villacelama conocí a un misionero de raza, Gregorio Barreales Barreales. Un dominico que llevó a Nicaragua el talante recio del campo leonés y fue rector de la Universidad Internacional Antonio Valdieviso, de Agricultura y Ganadería.
Después de la mañana pimentera en Fresno de la Vega, la noria me enganchó. Estos ingenios de hierro que se movían a sangre, con la fuerza de burros o mulos, regaron el campo leonés allí donde escarbaban y salía una gota de agua. De ahí venimos. Del parsimonioso tiempo en el que los animales, cegados con un trapo o un saco, daban vueltas al eje para sacar del pozo los cangilones cargados de agua y regar las huertas.
Desde estas llanuras de largos horizontes, las montañas de León se perfilan como un marco, con los límites de la belleza dibujados en picos y cumbres, en siluetas grises bajo el azul protector. Miro hacia las moles de caliza y me hago cargo de que, allí, no tan lejos, tiene León, de este a oeste y suroeste, 11.000 kilómetros cuadrados privilegiados. El Sipam Montañas de León es el tercero más grande del mundo y el más diverso por la conjunción de actividades agrícolas, ganaderas y silvopastoriles que han moldeado el paisaje de sus valles. Lo han hecho generaciones de habitantes que, piedra a piedra, levantaron sebes, gentes que idearon sistemas de regadío con las fuentes naturales para regar los prados y tener forraje para sus ganados. El paisanaje que se extingue en la era de la despoblación.
Después de tres años largos desde que la FAO entregó este título a León, aquí no ha pasado nada. Y es lamentable. Uno de sus impulsores, el leonés Juan Prieto, lamentaba el silencio y la inacción de la Diputación y la Junta en su discurso como Pastor Mayor de los Montes de Luna 2026. El Sipam Montañas de León, como el nombre de Villacelama bajo su noria, debería ser uno de los ejes de las políticas provinciales, autonómicas y estatales para brindar oportunidades de vida en el territorio. Que el presidente de la Diputación, Gerardo Álvarez Courel, ni siquiera acudiera a la Fiesta del Pastor, aunque enviara buenos emisarios y emisarias, dice mucho de falta de interés por un asunto que parece que ni le va ni le viene, pero que a los leoneses les conviene mucho. La FAO, la agencia de la ONU para la Alimentación, otorgó el título a las montañas leonesas, donde residen más de 180.000 personas, por mantener sus valores y saberes tradicionales. De que resistan a los envites del siglo XXI depende su existencia. Porque, como me dijo un día el sabio Valentín Cabero, sin paisanaje no hay paisaje.