El agotamiento de un Gobierno
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
En el lenguaje jurídico, el desahucio es el acto de privar a alguien de la posesión de un bien. Pero existe otra acepción, más profunda y menos frecuentada en la RAE: aquella que describe el arrancamiento de la esperanza, el despojo de la posibilidad misma de alcanzar lo que se anhela. Es en este segundo sentido, y solo en este, en el que el Congreso de los Diputados desahució ayer a Pedro Sánchez. El Parlamento ha rechazado los dos reales decretos-ley de vivienda que el Consejo de Ministros había aprobado apenas días antes. El primero, que pretendía ampliar la oferta asequible, limitar subidas de alquiler, prohibir desahucios de vulnerables hasta 2030, regular los contratos de temporada y restringir compras especulativas, cayó por 178 votos en contra frente a 172 a favor. El segundo, centrado en la renovación automática de arrendamientos, corrió peor suerte: 184 votos negativos frente a 166 afirmativos. Una vigencia de horas. Una derrota anunciada, pero no por ello menos demoledora. No se trata de una simple derrota parlamentaria. Es el quinto real decreto sobre vivienda que el Ejecutivo pierde en lo que va de 2026. La «legislatura de la vivienda» que el presidente proclamó hace años se ha convertido en un cementerio de textos que no logran superar la aritmética más elemental. El Gobierno de coalición, sostenido por una mayoría tan frágil como voluble, ha demostrado una vez más su incapacidad para traducir la retórica en hechos. Ha preferido la gesticulación urgente —la respuesta al desahucio de Maricarmen, las acampadas, la presión de la calle— a la construcción paciente de consensos reales. Y ha chocado, como era previsible, con la negativa de Junts, que se sumó a PP y Vox, y en el segundo decreto también a PNV y Coalición Canaria. La crítica no es solo de números. Es de método y de resultado. Un Ejecutivo que gobierna a golpe de decreto, sin mayoría estable, y que después de ocho años en el poder sigue presentando medidas que sus propios socios consideran insuficientes o contraproducentes, revela un agotamiento profundo. La historia, como el propio presidente advirtió, juzgará. Pero el juicio de la Cámara ya se ha pronunciado. El desahucio metafórico no expulsa a Sánchez del hemiciclo, pero cuidado con Moncloa. Se queda Sánchez sin la esperanza de que este mandato pueda cumplir aquello que prometió. La vivienda sigue siendo un drama social. El Gobierno, después de ayer, es también un drama político. Y la pregunta que queda es si el presidente preferirá seguir habitando un edificio en ruinas o demolerlo para intentar construir otro.