El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEFE

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Ya se han convocado las elecciones generales. Al parecer la campaña va a girar en torno a dos argumentos de enorme sutileza: "Gente o buitres" por un lado; "comunismo o libertad" por el otro. Demasiados matices para mi gusto. Con la nota que sacamos en PISA, no sé si los españoles estamos preparados para debates de semejante hondura intelectual.

Me da pereza decidirme porque a los misántropos la gente nos cae mal y, sin embargo, admiramos a los buitres: rapaces majestuosas, graves e incluso ahorrativas, que se comen la carroña como mi abuela se cenaba la berza que había sobrado al mediodía. Son, en ese sentido, animales de renta antigua, muy de posguerra. En cuanto a la segunda disyuntiva, a bote pronto prefiero la libertad al comunismo, aunque debemos reconocer que este Gulag en el que vivimos es un poco flojo: con frecuencia me cruzo con gente de Vox en el vermú y por el modo en el que se tragan los calamares nadie diría que estén sufriendo opresiones soviéticas.

Supongo que lo llevarán por dentro; será lo suyo una enfermedad intestinal, quizá colon irritable. Irritabilísimo.

Si fuera por rasgos de personalidad, el partido que mejor me representa es, sin ninguna duda, el Frente Amplio. Y no solo porque, en materia de amplitud de frente, yo lleve sentando cátedra desde los veinte años, sino por nuestra común e insuperable afición a dejarlo todo para mañana.

Con un poco de suerte, tal vez tengan listo su candidato para Nochevieja o, como muy tarde, para Semana Santa. Y eso si no deciden abrir antes un proceso de escucha y convocar veinte mesas de negociación y siete primarias distintas, como sería lógico.