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No es necesaria la santidad para empatizar con el sufrimiento de los mayores. Hasta el avaro míster Scrooge tuvo finalmente compasión. Y en ¡Qué bello vivir! un ángel se gana sus alas por ayudar a un hombre bueno al borde del suicidio. Muchos amamos el relato de Dickens, y también la película de Capra… pero, esta vez, la vida real no tuvo final feliz. A Mari Carmen la solución le llegó tarde. Literatura y cine tienen el don de contarnos las historias tristes tal como deberían terminar… o sea, bien, pero no todos los guionistas son justos. El Cid siguió ganando batallas después de muerto, y ahora, gracias a una valiente octogenaria, se ha conseguido mayor concienciación sobre los desahucios. Más allá del río revuelto y del obsceno echar la caña de los pescadores de votos, ¿cómo no solidarizarse con Mari Carmen? Al parecer, hay quienes no pueden ni quieren hacerlo. Muchos aún estábamos bajo el impacto de las imágenes del cruel desahucio, y vino después el estupor por crueles declaraciones desde la oposición, además de la jauría de verdugos verbales que repta en las redes sociales, y tras ellos los tertulianos de charca. Como cantaba la balada de Elton John: «¿Qué tengo que hacer/ cuando perdón es la palabra más difícil de decir?». El Gobierno no debería reaccionar como si no llevase ocho años gobernando. Siempre se puede hacer más, y no se hizo. Y el capitalismo salvaje tampoco debería subestimar al corazón colectivo.

Un joven cretino ha sido expulsado de su trabajo por grabar con el móvil y compartirlo en las enredes su desprecio a los acampados en Sol: «a levantarse vagos de m… ,a cotizar, como hago yo». No había llegado a su almacén cuando le entró un whatapp comunicándole el despido. Hay admiradores de las películas de Torrente que creen que este es el prota bueno. Quizá, dicho joven aún puede ser liberado de sus cadenas de odio, pero, hasta entonces, ese año, los reyes —o sea, sus viejos— deberían traerle únicamente el relato de Dickens y la película de Capra.

Soy propietario de mi casa, y no demonizo a quien tiene más. Pero no todas las cantidades son morales, aunque sea legal. Por fe cristiana y por racionalidad democrática, rechazo que los ancianos puedan ser desahuciados.