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El patrón tierra definió durante décadas la riqueza en los pueblos de León, más incluso que el oro y por encima de la unidad de supervivencia que marcaba cuántos gochos se alimentaban en la cubil para librar el invierno. Se compraban fincas, se juntaban huertos y se sumaban hectáreas para multiplicar el valor que la familia luego dividía entre los hijos, engranajes de un sistema sometido a la parábola de los talentos para que cada uno rindiera cuentas del rendimiento que había logrado dar a lo que recibió. Juntar un capital daba la medida del éxito hasta que la descendencia renegó del oficio de sus padres y los terrenos empezaron a sumirse en un barbecho interminable. Se desprendieron las lábanas que albardaban las murias de los prados, se cegaron las sendas por las que se guiaba la vecera y se desportillaron las cancillas hasta que el monte se metió en las calles. De pronto, la tierra no valía ni un corte de hierba por San Juan y, con suerte, lo que se paciera en otoño. Quién iba a quererla y para qué, nos convencieron los que aprovechaban para vaciar de servicios las zonas rurales y animaban a los vecinos a marcharse. Ahora, casi ya sin nadie, vienen a comprarlas para hacer negocio de la ruina.

La minería de fosfatos se une a las amenazas que asolan la montaña leonesa. Si no valía con la concentración depredadora de los aerogeneradores, los mares de paneles solares que arrasan el suelo a sus pies y los vertederos de reciclaje de baterías eléctricas, la monserga de la Transición Injusta nos mete en los montes otro caballo de Troya para socavarnos. Auspiciadas por las subvenciones de la UE, siempre servil con los lobbys, los fondos aquí bien llamados buitre se preparan para entrar con la excusa de los permisos de investigación minera validados a toda prisa por la Junta. El mapa salpica de alertas Boñar, Vegacervera, Pola de Cordón, Cármenes, Crémenes, Valdepiélago, Matallana de Torío, Valdelugueros, Sabero y Reyero, de momento. Las cuencas de los ríos del Bernesga al Esla, Porma, Curueño y Torío mediante, con toda su población arrastrada, quedan expuestas al riesgo de la contaminación y los daños ambientales irreversibles. Lo llaman tierras raras los que vienen a echarnos de nuestra tierra.