Diario de León

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Se hace el remolón el invierno. Sin embargo, y aunque el mundo estalla en mil desgracias, no deja de recordarnos con su giro inevitable que siempre, en alguna parte, queda un destino marcado, un trazo implacable cuyo secreto permanecerá ajeno a la voluntad de los seres que lo habitan. Chirrían los goznes del mundo y el sol a veces brilla, pero no calienta.  Y así, alguien anuncia al otro lado de la ventana la visita de la primavera, tan tímida en esta casa nuestra.

Quizás sea por esa certeza del paso inexorable del tiempo por lo que muchas culturas han depositado su esperanza en un destino escrito, un futuro que puede ser conocido si somos capaces de acceder al oráculo recóndito. Augurios que han sido en todos los lugares y tiempos. A muchos de ellos se llega precisamente en este tiempo de primavera, la estación del esplendor de la naturaleza, y quizás sea precisamente por ese abrirse a la vida por lo que se quiere alcanzar con subterfugios el futuro más pronto, conocer con artimañas lo que este tiene reservado para nosotros. 

Uno de los augures más conocidos para nuestra tradición es el cuco. ¡Un ave! Y es que de los pájaros ha sido patrimonio casi universal eso de la adivinación. En sus vísceras leían el futuro los romanos, otros en sus vuelos, y del canto de muchos de ellos se pueden desprender mensajes de aquello que está por venir. Primavera y cuco son uno, y así se dice que, si no canta el cuco en marzo o abril, o el cuco está muerto o la fin va a venir.

Muchas preguntas se le hacen a este pájaro que llega del sur a estas alturas del año. Quizás las más trascendentales sean aquellas que tienen que ver con el fatal desenlace de la vida: Cucu del rei, rabu de fierru, ¿cuántos años me quedan pa dir al cielu?  Y la respuesta la da el cuco cantando con el número de sus característicos cucús: cucú, cucú, cucú… 

Pero un día la primavera se va y con ella también el cuco, que el cucu rubiellu es fulgazán y en llegando el branu deja de cantar. Así se va con los primeros trabajos de la siega, apenado, porque, como se dice en Getino, su padre murió apaleado por un segador dentro de un marallo de hierba.

Pero no nos adelantemos, apenas la primavera está asomando y ya empieza el eco del cuco a rebotar entre las ramas de los árboles de montes y riberas. Tal vez, si les preguntamos, ellos tengan alguna respuesta para este mundo que sigue dando vueltas, muchas veces, con un destino incierto y vacilante.

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