sábado 24/10/20

Inteligencia contra natura

La inteligencia no está presente en la naturaleza. Es lo sobrenatural o, al menos, lo que es contra natura. Encontramos en un paseo por el campo una lasca trabajada y presuponemos inmediatamente la intervención de un ser superior que es nuestro antepasado o al menos un vago pariente. Alguien de nuestra familia. Nos hemos arrogado los derechos de cualquier gesto utilitario, medimos el nivel de las especies que no son la nuestra por su capacidad para realizar y emplear herramientas que sirvan para algo, como sacar hormigas de un termitero o cascar una nuez. La utilidad, en el sentido humano, es la medida de todas las cosas. Una herramienta, un símbolo: más o menos, esa es la ley. Seremos la especie triunfadora, pero también la más presuntuosa.

En esencia, solo que considerándolo científico, hacemos lo mismo que los creacionistas con «la mano de Dios» en animales y plantas. Como una piedra no evoluciona de proyectil a hacha de forma natural, es obvio que ahí ha habido una intervención, que si es inteligente deducimos que es humana. Realizamos la misma ecuación que los ufólogos con las líneas de Nazca, cuando sostienen que tienen que ser fruto de una civilización extraterrestre. Nosotros decimos: el hacha no pudo hacerla más que un antecesor del hombre, una civilización como poco prima hermana, es obra de los nuestros. ¿Y por qué no pudieron realizarlas unos seres primitivos, a los que poco o nada nos une? Pensamos: igual las manos mutiladas estampadas en las paredes de las cavernas no las hicieron nuestras remotas abuelas, pero los bisontes de Altamira sin ninguna duda. ¿Por qué? Hoy ya es hecho admitido que los extintos neandertales también tenían capacidad simbólica y artística, pintaron cuevas, llevaron adornos colgados del cuello y tuvieron una lengua propia, que en España los habría convertido inmediatamente en comunidad autónoma histórica, salvo que fuera el asturleonés.

A veces olvidamos que La Iliada y La Odisea proceden casi del neolítico, que lo que nos cuentan ocurrió en la edad de Bronce, cuando el hombre no llevaba mucho tiempo ascendido de primate a humano, un tiempo en que dejamos de abrirnos la cabeza con piedras para pasar a hacerlo con espadas. Inquieta pensar que nuestra línea de razonamiento habitual excluye los saltos, pero que la naturaleza, en la que no hay inteligencia, da saltos, su forma de progresar es más geométrica que aritmética. Como el virus y tal.

Inteligencia contra natura
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