Diario de León

Antonio Manilla

Nuevas dictaduras viejas

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En América todo es nuevo. Al menos para nosotros, los habitantes del Viejo Continente. Y no me refiero a nuestra mirada escéptica y resabiada de conquistadores de intonsas tierras y armadores de sistemas filosóficos, sino al tiempo, que es esa fuente que mana y corre mientras haya alguien que la contemple. Hasta lo antiguo, al menos en términos relativos: el Gran cañón del Colorado es más joven que Altamira. Mucho antes de que se formase ese monumento natural, los últimos neandertales se habían extinguido en una cueva de Gibraltar y campaban renos por Puebla de Lillo. En resumen: unos hombres ya pintaban en el sur de Europa que algún día iba a ser el norte de España cuando ni tan siquiera existía uno de los grandes atractivos turísticos norteamericanos actuales. Claro que entonces hasta el norte de África era verde, tanto que en el Sahara los arqueólogos nos certifican la invención del arco y las flechas.

Ser tan carrozas, en el abstracto de la historia con mayúscula, indica también cuánto hemos cambiado: el Viejo Mundo es viejo porque ha visto pasar por delante de su escéptica mirada casi de todo. Ha contemplado desaparecer civilizaciones y formarse reinos y proclamarse repúblicas, renacer modas y periclitarse usos y costumbres, desdeñar avances y repetirse errores. Con la lejana luz de faro en medio de la noche de la utopía como referente, una señal que a veces ha llevado directamente contra los arrecifes, hemos bandeado mal que bien unos cuantos milenios y al menos hemos aprendido que toda revolución es repetición, resaca, regreso a un experimento fallido.

En América, ese continente nuevo en comparación al nuestro, varios países ahora están viviendo precisamente ese «revival» utópico de sociedades ensoñadas que nuestra experiencia acumulada demuestra que terminan mal. La libertad individual no es ni mucho menos un ideal cultural universal: la mayoría de sociedades anteponen a ella afanes colectivos, empezando por todo el mundo musulmán. Pero para estas naciones hermanas de lengua sí lo era y están ensayando un paso atrás. No dice uno que aquí estemos libres del mismo pecado, que ahí sigue la guerra a las puertas —como casi siempre llegando de las estepas, aunque ya no sea a caballo—, pero sí cierta inmunización contra las ideologías que prometen el cielo en la tierra de sopetón, a cambio de la cesión de nuestros derechos humanos. Dictaduras se llaman todas, vengan como vengan vestidas, tarde o temprano.

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